martes, 17 de enero de 2012

Verano en Argentina: Aumenta temperatura social


Andrés Figueroa Cornejo

Uno.

El viejo truco de anunciar ajustes económicos antipopulares inmediatamente después de las elecciones presidenciales todavía funciona en Argentina. El empleo de esa triquiñuela cobra sentido en una nación que ha sido gobernada históricamente de manera vertical, sin participación ciudadana salvo por el recurso de la fuerza ante la sordera del mando. Los gobiernos de turno –y el actual al parecer, no quiere ser distinto- en el territorio de Maradona y Perón, el paternalismo y, por tanto, la desconfianza en los trabajadores y el pueblo es la relación predominante de los de arriba. ¿Qué encierra ello? Un miedo severo de clase que, en consecuencia, justifica  el ejercicio alienante de intentar infantilizar políticamente a las grandes mayorías. Por eso desde el Ejecutivo yla oposición tradicional se apela sistemáticamente a un populismo que procura fortalecer que la historia la hacen ‘los personajes’ mediante frecuentes puestas en escena y la reproducción simbólica de la autoridad unidimensional como “salvador” o “demonio”. La práctica en cuestión facilita el éxito parcial y a corto plazo del populismo; esa emotividad edulcorada para aplicar medidas de alto impacto, y los guiños frecuentes, descafeinados, sin contexto ni proyecto, y vaciados de contenido hasta del Che Guevara, independientemente de la simpatía o no que se tenga por su legado.

Dos.

Pese a reunir más de 200 mil firmas en menos de 10 días contra el alza de un 127 % del transporte subterráneo en la Ciudad de Buenos Aires, los trabajadores de ese medio y las organizaciones sociales y políticas que condenan el aumento del pasaje, la justicia, en primera instancia, desdeñó tanto los recursos legales para detenerlo, como las firmas de los usuarios. La medida adoptada por el gobernador de Buenos Aires, el ultraliberal Mauricio Macri, tuvo su origen en el retiro de un 50 % del subsidio estatal al subterráneo metropolitano. De esa manera, el gobierno nacional busca dañar la figura de uno de los más bullados precandidatos a las próximas presidenciales. Si Macri es coherente con el programa  de los hijos de la Escuela de Chicago, en el 2013, cuando se acabe incluso el subsidio del 50 % fiscal, el incremento de los viajes podría, al menos, duplicarse. En este sentido, la ciudadanía no hará diferencia entre Macri y el Ejecutivo nacional. Lo que se destruye, tanto con la argucia palaciega, como con el comportamiento esperable de Macri es la credibilidad de la gente en los ‘políticos y partidos profesionales’. Pero como los de arriba consideran a los trabajadores y sus familias ‘seres incompletos’, ‘adolescentes’, clientela y objeto, hasta ahora, hacen vista gorda e imponen simplemente. La manera en que un individuo, un grupo de interés o una clase observa al que considera  un otro- subordinado (para disciplinar, castigar o ‘edificarle’), revela justamente la frontera de sus propias habilidades políticas y cognitivas. Y la subestimación del otro no es una categoría moral. Es bélica.

Tres.

El crecimiento de Argentina se funda sobre el precio en las grandes bolsas financieras del mundo de la primarizada explotación primaria agrominera (commodities, cuya parte de soya y granos está a la baja producto del declive de la demanda y la sequía en los campos);  la dependencia de sus exportaciones  a Brasil, Europa y China; y los ahorros previsionales estatizados de los asalariados. Conocido el panorama mundial, y en  particular, la intensificación de la crisis del capital desde el centro hacia su entorno el 2012, el país se encuentra ante un ciclo de contracción económica, caracterizado por el agotamiento del superávit fiscal, la fuga de capitales e inversiones dolarizadas, una de las mayores inflaciones del planeta y la precarización del trabajo.

Como las últimas administraciones no renacionalizaron el capital financiero ni las principales industrias privatizadas durante los años del menemismo; tampoco reindustrializaron nacionalmente ni elevaron de modo sustantivo el importe alas utilidades del capital y al abuso del suelo, entonces ahora, con cierta desesperación ambiental, mediante leyes y solicitudes a los dueños de casi todo, buscan controlar su política cambiaria a través de la compra y ahorro de divisas y a costa del recorte de las iniciativas subsidiarias y populistas que, como un todo, golpean a la mayoría argentina.

Según la Encuesta Permanente de Hogares del desacreditado Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INDEC, intervenido desde el 2007) del tercer trimestre de 2011, casi un 28 % de habitantes vive con $ 27 pesos diarios (US$ 6), y la mitad de esas personas sobrevive con $ 18 pesos al día (US$ 4). Es verdad, la sal cuesta menos de $ 2 pesos. Pero el kilo de manteca, $ 35 pesos. El calzado en una tienda cualquiera no baja de los $ 180 pesos y un kilo de pollo vale $ 10pesos. Ni hablar de vestuario, artículos informáticos, tecnología, recreación y de la enorme especulación inmobiliaria en un país donde escasean 3 millones de viviendas, cifra que suma y sigue diariamente. Y para el organismo gubernamental, una familia de 4 personas no es pobre si cuenta con más de $ 45 pesos al día (US$10). De acuerdo al informe, de los 17 millones de ocupados del país, casi 12millones obtienen un ingreso menor a $ 2.300 pesos al mes (US$ 535). Y de los ocupados, por lo bajo, el 35 % trabaja informalmente, sin derechos laborales ni seguridad social (el Observatorio Social de la Universidad Católica de Argentina arroja que, en realidad, más de un 50 % de la fuerza de trabajo está ‘en negro’).

Como toda sociedad capitalista ‘de verdad’, los números del INDEC dicen que la concentración de la riqueza y las desigualdades sociales tienen su primavera.  El 20 % más empobrecido de la población percibe el 4,2 % del excedente socialmente producido, y el 20 % más rico se queda casi con la mitad del total. Naturalmente que al ir acortando los porcentajes extremos, las diferencias de concentración versus miseria se disparan con mayor violencia.

La deuda pública externa (según guarismos de septiembre de 2011) supera los US$ 230 mil millones, que el gobierno cancela acudiendo a nuevos préstamos, pero esta vez salidos de entidades nativas y que corresponden a puro trabajo argentino acumulado sin mediaciones, como el Banco Central y la Administración Nacional de la Seguridad Social (ANSeS) que administra los ahorros previsionales y jubilatorios de los asalariados. Es decir, se está frente a una colosal y genuina deuda ‘nacional y popular’. 

Debido a la inflación, el venidero aumento del transporte (entre otros factores, por el sobre precio coludido del oligopolio petrolero privado) y el incremento próximo de los servicios básicos debido a la retirada de subsidios a las industrias asociadas (que como queda demostrado, jamás fue una solución de mediano aliento siquiera), hasta las dirigencias de las centrales sindicales que votaron a la actual Presidenta (como la Central de Trabajadores de Argentina que lidera Hugo Yasky) anunciaron que no lucharán por un reajuste salarial inferior al 25 % durante las negociaciones que se desarrollarán en el primer tercio de 2012, toda vez que el gobierno central ha dictado más o menos claramente que la demanda salarial sólo debe bordear el 18 %. De este modo, muchos dirigentes sociales se explican bien la aprobación de la impopular Ley Antiterrorista impacientemente propugnada por el Ejecutivo, y sus consecuencias contra el movimiento de los trabajadores y el pueblo.

Desde arriba, ya existe la  precautoria cubierta jurídica ante el temor de un período explícito de lucha de clases. Desde abajo, comienza a organizarse con celeridad la indignación frente al empeoramiento general de la vida.

Enero 17 de 2012  

Andrés Figueroa Cornejo

Chile - Confesiones inéditas vinculan a la CMPC con la masacre de 19 trabajadores en Laja


A 38 años de los crímenes los carabineros hablan y quedan libres

Confesiones inéditas vinculan a la CMPC con la masacre de 19 trabajadores en Laja

Juan Pablo Figueroa

en Reportajes de investigación Publicado: 13.01.2012



ue una cacería. En septiembre de 1973 los carabineros de la Tenencia de Laja apresaron a 14 trabajadores de la Papelera y Ferrocarriles, a dos estudiantes secundarios y dos profesores, a los que llevaron al Fundo San Juan donde los ejecutaron y enterraron clandestinamente. Todos los policías habían bebido copiosamente pisco que les envió la CMPC, la que también aportó vehículos para la caravana de la muerte encabezada por el agricultor Peter Wilkens. A pesar de la desesperada búsqueda de sus familiares, el pacto de silencio sobre lo que ocurrió aquella noche se mantuvo hasta agosto del año pasado.

“Como era arena no era difícil cavar. Hicimos una zanja de 2 a 3 metros de largo por 1,5 de profundidad. Luego bajamos de los vehículos a los 19 detenidos. A algunos los arrodillamos frente a la zanja; a los otros los dejamos de pie. Estaban delante de nosotros, dándonos la espalda. Recuerdo muy bien cuando el carabinero Gabriel González discutió fuertemente con Nelson Casanova, porque éste último no quería disparar. Fue tanto que yo me metí y le dije a González que si le hacía algo a Casanova, yo le dispararía a él con el fusil Sig que tenía en la mano. Era tanta la tensión. Todos estábamos muy alterados, pero igual cuando el oficial dio la orden, procedimos a disparar. Todos disparamos, y cuando digo todos, incluyo al teniente Alberto Fernández Michell. Les disparamos por la espalda. Algunos cayeron directamente al foso. A otros, ya muertos, los tuvimos que empujar para que cayeran o bien los tomamos y tiramos al foso. Quedaron uno encima del otro. Luego los tapamos con la misma arena y algunas ramas y tomamos rumbo a Laja. Cuando llegamos a la Tenencia, seguimos tomando el pisco y las bebidas que el teniente había traído del casino de la planta papelera de la CMPC. Recién entonces los que quedaron en la guardia supieron lo que había pasado. Fernández dio la orden de guardar silencio. Después todo siguió como si nada”.

El cabo 1º (r) Samuel Vidal Riquelme fue el primero que quebró el pacto. Por 38 años guardó el secreto de lo que pasó la madrugada del 18 de septiembre de 1973 con los 19 trabajadores que durante los cinco días previos él y sus compañeros de la Tenencia de Laja aprehendieron en esa localidad y San Rosendo para luego meterlos en un pequeño calabozo, torturarlos y después, esa noche, ejecutarlos clandestinamente en un bosque cerca del Puente Perales, en el Fundo San Juan.

la primera vez que Vidal habló sobre lo que pasó esa noche fue en 1979, cuando el Arzobispado de Concepción presentó una querella contra los carabineros de la Tenencia y el entonces ministro en visita de la Corte de Apelaciones de Concepción, José Martínez Gaensly, lo entrevistó. Pero esa vez dijo lo mismo que sus 15 compañeros de la Tenencia de Laja: que a los prisioneros los habían llevado al Regimiento de Los Ángeles. Martínez preguntó a los militares de ese regimiento por los 19 trabajadores, pero ellos aseguraron que nunca ingresaron allí. Entonces volvió a hablar con los carabineros. Aunque cambiaron la versión, todos dijeron lo mismo: que los habían subido a una micro que les había facilitado la Compañía Manufacturera de Papeles y Cartones (CMPC) y que en el camino a Los Ángeles se los habrían entregado a una “patrulla fantasma” de militares. Que desde entonces les perdieron la pista.

Para algo sirvieron las indagaciones de Martínez: se supo que los cuerpos estaban en una fosa común del Cementerio Parroquial de Yumbel. Que los habían llevado allí en octubre de 1973, sin que nadie supiera, cuando los sacaron del hoyo donde los habían enterrado después de que un agricultor denunciara a Carabineros de Yumbel que sus perros mordisqueaban unos restos humanos. El parte con la denuncia llegó al Juzgado de Letras de Mayor Cuantía de la localidad, pero la jueza Corina Mera ordenó que se guardara en la caja de fondos. Nunca se investigó.

Sin saber cómo habían llegado los cuerpos al cementerio ni quién los había ejecutado, los restos fueron identificados, y entregados a sus familiares que por seis años los habían buscado sin tregua. En marzo de 1980, Martínez se declaró incompetente y remitió los antecedentes a la Fiscalía Militar Ad Hoc de Concepción. En tres meses la causa fue sobreseída y a fines de 1981, la Corte Suprema ratificó el sobreseimiento. Esa fue la acción de la justicia.

27 años después, la Asociación de Familiares de Ejecutados Políticos (AFEP) y el Programa de Continuación Ley 19.123, del Ministerio del interior, solicitaron a la Corte de Apelaciones de Concepción la reapertura de la causa. Después de revisar los antecedentes, el ministro Carlos Aldana dejó sin efecto la resolución que sobreseyó definitivamente a los carabineros denunciados y la ratificación de ese fallo por parte de la Corte Suprema. Se reabrieron así el sumario y la investigación bajo la causa rol 27-2010.

CIPER tuvo acceso a las declaraciones y documentos de esa investigación. Entre ellos está la confesión del cabo Samuel Vidal el 14 de junio de 2011 ante la Policía de Investigaciones (PDI). Desde entonces comenzaron a surgir uno a uno los detalles sobre el destino de los 19 trabajadores que él y sus compañeros asesinaron por la espalda la madrugada del 18 de septiembre de 1973. Así se supo de los operativos de captura, de la ejecución en un descampado y del apoyo y financiamiento que dieron para su exterminio un importante empresario de la zona y en especial la CMPC de la zona, empresa presidida en ese entonces por el ex Presidente Jorge Alessandri y cuyo principal accionista era el empresario Eliodoro Matte Ossa.

El juramento que los carabineros de la Tenencia de Laja hicieron en noviembre de 1973 en el Puente Perales, cuando su oficial a cargo, el teniente Alberto Fernández Michell, se iba destinado a Antofagasta, se había roto: “Que si alguien abría la boca, había que pitiárselo entre los mismos compañeros”.

15/9/73: CACERÍA EN SAN ROSENDO

El maquinista de Ferrocarriles Luis Alberto Araneda fue al mediodía a la Casa de Máquinas de San Rosendo para ver si estaba en “tabla”. Era lo que hacía todos los días cuando no le tocaba viajar la jornada anterior. Cuando llegó, vio a través de sus lentes de marco negro y grueso el papel que indicaba el itinerario de los trenes que saldrían ese día. Buscó su nombre, pero no aparecía entre los que tenían programado viajar ese sábado 15 de septiembre de 1973. Entonces comenzó la caminata de vuelta a su hogar en la Población Quinta Ferroviaria.

-Devuélvase al trabajo, que lo andan buscando los carabineros, a usted y a Juan Acuña –le dijo su vecino Eusebio Suárez, preocupado, cuando lo vio llegar.

Pero Luis Alberto no le hizo caso. Le respondió que su máquina estaba en la Maestranza, así que no tenía nada que hacer ese día allá. Además, si lo buscaban, no tenía por qué preocuparse. El día anterior había llegado de un viaje al sur y apenas supo que Carabineros requería que militantes y dirigentes sindicales se presentaran, Luis Alberto fue al Retén de San Rosendo. Allí le pidieron sus datos. En un papel escribieron su nombre, su RUT, que tenía 43 años, que era militante del Partido Socialista (PS), que presidía la Junta de Abastecimientos y Precios (JAP) y que era dirigente sindical de la Federación Santiago Watt de Ferrocarriles del Estado. Después le dijeron que podía retirarse. Luis Alberto volvió a su casa y no pensó más en eso, ni siquiera cuando Eusebio le dijo al día siguiente en la calle que lo buscaban, que hacía sólo unos minutos una patrulla de policías de Laja le había preguntado por él y que les había dicho dónde vivía.

Cuando estaba por llegar a su hogar, su esposa lo vio venir a través de la ventana con su vestón gris a rayas, su pantalón café, sus zapatos negros y sus anteojos del mismo color. También vio como seis o siete carabineros con cascos le cerraron el paso, levantaron sus fusiles y lo apuntaron justo cuando estaba por abrir la reja. Luis Alberto quedó tieso. Ella no lo pensó y salió gritando a los policías para que la dejaran, al menos, despedirse. Luis Alberto, que ya tenía las manos amarradas a la espalda, le dijo que sacara de su bolsillo el dinero y su reloj. Ella lo hizo. Luego vio como se lo llevaban. Faltaba poco para las 16:00 horas. La cacería en San Rosendo recién comenzaba.

Como la patrulla que comandaba el teniente Fernández venía de Laja y no conocía a quiénes debía detener, el carabinero Sergio Castillo Basaul, del retén de San Rosendo, les sirvió de guía. No había una lista formal ni órdenes de aprehensión: la orden que vino de la Comisaría de Los Ángeles fue detener a todos los dirigentes de la Unidad Popular (UP). Si Castillo, que los conocía, decía que alguno de los vecinos debía ser detenido, de inmediato lo apuntaban, lo amarraban y se lo llevaban.

Juan Antonio Acuña, 33 años, tres hijos, también maquinista y dirigente del sindicato de Ferrocarriles, fue el siguiente en la lista. Lo fueron a buscar a su casa una hora después, cuando estaba por sentarse a tomar once con su familia. La misma patrulla que había llegado a pie desde Laja se metió a la fuerza y lo sacó a punta de cañón. Luego le tocó al empleado de la Compañía Manufacturera de Papeles y Cartones (CMPC), Dagoberto Garfias, de 23 años. A él le siguieron Mario Jara (21) que estaba en su casa con su mamá y su abuela; Raúl Urra (23), que también estaba en su domicilio; y el director de la Escuela 45 de San Rosendo, Óscar Sanhueza (23).

Todos fueron llevados a la Plaza de San Rosendo, donde los esperaba otro detenido: Jorge Zorrilla, un obrero minero de 25 años que trabajaba en Argentina y que estaba pasando en Chile sus vacaciones. Él, al igual que Luis Alberto Araneda, se presentó voluntariamente ante Carabineros. De inmediato lo apresaron y cuando llegaron los demás, la patrulla los amarró y se los llevó a pie por el puente peatonal que unía San Rosendo con Laja. Al otro lado los esperaba una micro, una de las tantas cortesías de la CMPC con la patrulla comandada por el teniente Fernández Michell, el oficial a cargo de la Tenencia de Laja. Una vez arriba del bus, se los llevaron.

11/9/73: LAS PRIMERAS ÓRDENES

Aunque fue el primero en ser detenido, el teniente (r) Fernández Michell fue el último de los miembros de la Tenencia de Laja en declarar ante el Tribunal. El 16 de agosto del año pasado fue detenido en Iquique, donde trabajaba como instructor en una escuela de conducción. Y cuando el día siguiente rompió el pacto de silencio que él mismo propuso después de la ejecución, partió por el principio:

“Estaba en mi domicilio entregado por la CMPC cuando recibí la noticia del Golpe Militar. Había llegado a la Tenencia de Laja a mediados de 1973 como subteniente subrogante, y como no había oficial, quedé de jefe. Tenía 22 años. Para el 11 de septiembre yo era la autoridad policial, y apenas supe del Golpe, mientras esperaba órdenes, llamé al acuartelamiento de todos los carabineros. Eso lo coordinaron el suboficial mayor Evaristo Garcés Rubilar y el sargento Pedro Rodríguez Ceballos, que me seguían en el mando”.

“Esa misma mañana recibí la orden por parte de la Jefatura de Los Ángeles para que detuviera a todas las autoridades de gobierno, subdelegados y al alcalde. La acción se cumplió sin problemas y después de detenerlos en nuestra unidad, fueron derivados al Regimiento de Los Ángeles en buses facilitados por la Papelera, porque ya tenía mucha gente en el cuartel. Días después, mi superior en Los Ángeles, el comisario Aroldo Solari Sanhueza, me ordenó comenzar a detener a todos los activistas de la comuna. Como la CMPC tenía una planta química, los activistas podían tomársela y actuar en nuestra contra. Esa fue la información que me llegó de inteligencia militar. Uno de esos días llegó el coronel de Ejército Alfredo Rehern Pulido para reiterar la orden. Les ordené a los suboficiales Garcés y Rodríguez que procedieran con el personal a realizar esa labor, porque ellos conocían más a esas personas”.

Desde que Salvador Allende asumió la presidencia en 1970, la CMPC formaba parte de la lista de empresas que el gobierno pretendía expropiar. Por eso, el mismo día del Golpe, una patrulla comandada por Fernández Michell fue hasta la planta que la Papelera tenía –y aún tiene– en Laja. Eran las 16:00 horas cuando los cerca de 300 funcionarios que salían de su jornada se encontraron con Fernández, Garcés, Rodríguez y otros miembros de la Tenencia. Los hicieron formarse en filas. La patrulla tenía en sus manos una lista que el superintendente de la planta Carlos Ferrer y el jefe de personal Humberto Garrido, habían preparado: esos eran los “activistas”.

Los que figuraban en la nómina fueron separados y llevados a golpes y apuntados por fusiles al edificio contiguo, donde funcionaba el policlínico de la empresa. Allí los volvieron a golpear. Después los subieron a vehículos de la CMPC y se los llevaron al cuartel. Todos ellos fueron derivados después, en la misma micro de la empresa del Grupo Matte, a Los Ángeles. Entre ellos estaba Eduardo Cuevas, un mecánico de mantención de la Papelera y militante del MIR que se sumó voluntariamente a la reconstitución de escena que llevó a cabo el ministro Aldana el 18 de agosto del año pasado. Antes de que se lo llevaran, Fernández lo agarró y se los mostró a sus compañeros de trabajo aún formados en la fila: “¡Véanlo por última vez!”, les gritó.

Después de poco más de un año y tres meses en centros de detención y tortura, y luego de pasar por un Consejo de Guerra, a Eduardo Cuevas se le volvió a ver. Una “suerte” que los que fueron cazados los días siguientes no tuvieron.

13 y 14/9/73: LA CAÍDA DEL ESTUDIANTE Y LOS OBREROS

Lo primero que hizo la patrulla que ese día encabezaba el sargento Pedro Rodríguez Ceballos, fue ir a la Estación de Trenes. En el andén, Manuel Becerra se despedía de su mamá, su abuela, su hermano y su prima. Eran las 8:00 y en sólo unos minutos saldría el tren que lo llevaría de vuelta a Curacautín, donde cursaba la enseñanza media en la Escuela Industrial. Estaba a punto de abordar cuando los carabineros lo agarraron. Entre los gritos de sus familiares, Manuel Becerra fue sacado a golpes de la estación, lo subieron al jeep que la CMPC les había otorgado para que se movilizaran, y se lo llevaron a la Tenencia de Laja. Era el 13 de septiembre de 1973. Mario tenía 18 años.

En cosa de minutos le avisaron a su papá, que trabajaba en las oficinas de Transportes Cóndor. Apenas supo, le pidió a su jefe que hablara con Carabineros y gestionara su liberación. Él fue a la Tenencia y habló con el guardia de turno, pero le dijeron que ya habían registrado su detención en los libros correspondientes. Después le dirían a su padre que lo habían detenido porque “militaba con los miristas”. Manuel ya había sido detenido antes, durante la campaña para las elecciones parlamentarias de 1973, por pintar junto a otros amigos consignas del MIR en Laja. El joven quedó detenido.

El siguiente en la lista fue Luis Armando Ulloa, 41 años, casado, cinco hijos, militante del Partido Comunista (PC) y obrero maderero de la Barraca Burgos de Laja, adonde lo fueron a buscar. Eran las 8:30. Como su hijo mayor trabajaba con él, lo primero que hicieron sus compañeros fue avisarle apenas llegó, porque justo cuando se lo llevaron no estaba. Él corrió a su casa y le avisó a su madre aún convaleciente del último parto. Tampoco pudieron hacer nada por sacarlo.

Esa tarde, los carabineros volvieron a la CMPC. Apenas puso un pie afuera de la planta, Juan de Dios Villarroel fue secuestrado por la patrulla de Rodríguez. Tenía 34 años, cuatro hijos y la mala fortuna de trabajar en una empresa que elaboró una lista negra con los nombres de sus propios empleados. En esa misma nómina estaban sus compañeros de trabajo Jack Gutiérrez, militante del MAPU; Heraldo Muñoz, del PS; y Federico Riquelme. A todos los llevaron a la Tenencia, donde se sumó el comerciante de frutas y verduras y regidor del Municipio, Alfonso Macaya, que llegó voluntariamente después de oír en una radio local que lo andaban buscando. A él lo dejaron libre al día siguiente, pero el 15 de septiembre lo fueron a buscar de nuevo a la casa de sus suegros. Nunca regresó.

El 14 de septiembre, Rodríguez salió de nuevo a las calles en el jeep de la CMPC. No tuvo que alejarse mucho, porque a los dos hombres que se sumaron ese día al grupo de detenidos políticos, los encontró saliendo de su trabajo en la planta papelera. Uno era Wilson Muñoz. El otro, Fernando Grandón, que a sus 34 años ya tenía ocho hijos.

16 y 17/9/73: LA PEQUEÑA TENENCIA

Muy probablemente, la Tenencia de Laja nunca tuvo tantas visitas como esos días. Para la noche del 15 de septiembre de 1973, en el calabozo de aquella construcción en Las Viñas Nº 104 que Fernández recuerda como “dos mediaguas grandes a las que se le habían hecho unos agregados”, había 17 personas detenidas: a los siete que trajeron de San Rosendo y a los nueve que secuestraron en Laja, se había sumado esa tarde el director del Sindicato Industrial de la CMPC, Jorge Lamana, que se presentó en la Tenencia de forma voluntaria.

Desde que comenzaron las detenciones, sus padres, hermanos e hijos los fueron a visitar con la autorización del oficial a cargo del recinto. La esposa de Fernando Grandón llegó el mismo día que lo detuvieron a verlo por primera vez. Cuando lo vio, lo notó asustado, pero sin lesiones. La hija mayor de Luis Armando Ulloa también fue a verlo y cuando lo encontró en medio del grupo, se dio cuenta que le habían cortado el pelo a tijeretazos. Pero la peor parte se la llevaron los de San Rosendo. Todos ellos tenían moretones, rasguños y mordeduras de perros. Jorge Zorrilla, el minero detenido en sus vacaciones, dijo a uno de los familiares de los detenidos que también los habían sentado en la pica.

El 16 de septiembre llegaron a la celda los últimos dos miembros del grupo. A Juan Carlos Jara, de 17 años, lo agarró la patrulla de Pedro Rodríguez cuando peleaba con otros jóvenes en la calle. A Rubén Campos, director de la Escuela Consolidada de Laja, lo sacaron de su casa y de ahí fue directo al calabozo.

Hasta el 17 de septiembre, las visitas a los prisioneros continuaron. En las mañanas llegaban casi todos los familiares con el desayuno recién hecho y ropa limpia. Más tarde les llevaban almuerzo y en la noche la cena. También los visitaba el párroco de Laja, el sacerdote Félix Eicher, que ingenuamente había acompañado a algunos de los que se presentaron voluntariamente a la Tenencia para que “arreglaran sus problemas”. Y cada vez que iban intentaban convencer a los carabineros de que los soltaran. Los presos les decían que estuvieran tranquilos, que pronto saldrían de allí. La noche de la víspera de fiestas patrias, el teniente Fernández Michell recibió una orden.

“Estaba cenando en el comedor cuando el suboficial Garcés me dijo que el mayor Solari, el comisario de Los Ángeles, estaba al teléfono. Estaba muy molesto conmigo porque había mandado mucha gente al regimiento sin preguntarle. Yo lo había hecho por un tema de espacio. Me asustó que estuviera enojado, porque yo me había casado sin permiso de mis superiores y estaba esperando a mi primera hija, así que tenía que hacer lo que me dijera, si no me arriesgaba a otra sanción. Me preguntó cuántos detenidos tenía en la unidad. Le dije que había 19 personas. Me dio la orden de “eliminarlos”. Me dijo que si no lo hacía, tendría que atenerme a las consecuencias. Luego cortó. De inmediato llamé a Garcés y Rodríguez y les dije que alistaran al personal”.

18/9/73: MATANZA EN EL BOSQUE

Los hombres que seguían a Fernández en la cadena de mando hicieron unas llamadas y en sólo minutos consiguieron cordeles, alambres, palas, vehículos y hasta un lugar alejado donde llevar a cabo la masacre. Tenían carabinas y fusiles para todos los funcionarios de la Tenencia. También el alcohol que les dio la CMPC. El plan para matar a los 19 ya estaba en curso.

“Cuando nos llamaron al cuartel, ya había comenzado el toque de queda. Al llegar, nos juntaron en una sala que usábamos de comedor y nos ordenaron beber pisco en abundante cantidad. Estábamos casi todos los integrantes de la Tenencia de Laja, desde el teniente Fernández Michell, hacia abajo. Los que no llegaron al cuartel, se unirían más tarde a nosotros. Después de tomar, el teniente Fernández nos dijo que sacáramos a los 19 detenidos de los calabozos de la Tenencia. Les amarramos las manos atrás de sus espaldas con cáñamo y alambres de fardo de pastos, los llevamos afuera y los subimos al bus de la CMPC. Yo tuve que custodiar el interior del bus. Por eso llevaba mi fusil Sig en las manos. Tomamos la carretera hacia Los Ángeles. Al frente de la caravana iban en un jeep Fernández, Garcés y Peter Wilkens, un agricultor alemán de la zona”.

Hasta que el cabo Samuel Vidal declarara en junio de 2011, el nombre de Wilkens jamás apareció en la investigación. Después de él, Fernández y varios carabineros ratificaron su participación en la matanza de esa noche. Antes no se sabía que Garcés lo había llamado, que había acompañado a Fernández en el jeep de la CMPC que lideraba la caravana ni que pasado el Puente Perales, después de una curva en el camino entre Laja y Los Ángeles, fue él quien le dijo que doblara a la derecha y que se detuviera 300 metros más allá, en un claro junto a un bosque de pinos. Como sólo los carabineros que estuvieron esa noche y juraron silencio sabían que Wilkens había estado allí, nadie relacionó el hecho cuando en 1985 un joven de 19 años llamado Arturo Arriagada, sin antecedentes, ingresó a su fundo en Laja, mató a su mayordomo, ingresó a su habitación y le dio un escopetazo. Después subió los cadáveres a su furgón y los sepultó el borde del camino, muy cerca de donde esa noche sepultaron a los detenidos de Laja y San Rosendo.

Según un reportaje que publicó Contacto cuando en 2001 se estaba por abolir la pena de muerte en Chile, Arriagada fue condenado a cadena perpetua y para entonces, por su buena conducta, había sido incorporado al Centro de Educación y Trabajo (CET) de Concepción. Para su acto criminal, la justicia sí funcionó. Wilkens, en cambio, murió sin que nadie lo interpelara por haber sido cómplice y haber guiado y observado como un grupo de policías fusilaba a 19 obreros la madrugada del 18 de septiembre de 1973 en el Fundo San Juan. Una noche que el sargento 2º (r) Pedro Parra recuerda muy bien:

“No había militares ni agentes de la DINA; sólo estábamos los de la Tenencia, menos los tres que se quedaron en la guardia. Cuando nos detuvimos, la camioneta quedó muy cerca de unos arbustos. La noche estaba clara y había luna, pero igual se usaron las luces de los vehículos. Con la pelea entre Gabriel González y Nelson Casanova, recién tomé el peso de lo que estaba pasando. Ya estaba todo decidido. El teniente Fernández Michell no decía nada; era uno más del grupo. Los detenidos estaban frente a nosotros con sus manos atadas. Yo tenía una carabina Mauser. Cuando Fernández dio la orden, todos apuntamos a los detenidos que nos habían asignado. Ninguno de ellos se quejaba o decía algo. Entonces dieron la orden de disparar. Todos lo hicimos”.

18/9/73: DESPUÉS DE LA MASACRE

Los cadáveres quedaron bajo tierra. El grupo de carabineros subió a los vehículos y volvió al cuartel de Laja. Todos recuerdan que fue un momento extraño, que nadie se atrevió a decir algo. Cuando llegaron, se bebieron lo que había quedado del pisco que habían tomado antes de partir. Y allí mismo acordaron que nadie diría nada, que si alguno hablaba, correría la misma suerte de los que acababan de asesinar.

A la mañana de ese día, Gloria Urra se levantó temprano, preparó el desayuno, y como los días anteriores, fue a la Tenencia a ver a su hermano Raúl. Esperaba encontrarse con todos los detenidos y sus familiares, sentarse junto a ellos y compartir la comida. Pero el calabozo estaba vacío. Ahora que lo estaban limpiando, se veía mucho más grande. A Hilda Bravo, la esposa del comerciante de frutas Alfonso Macaya, no le habían permitido verlo cuando lo encerraron dos días antes, así que esa mañana esperaba encontrarse con su marido. Pero le dijeron lo mismo que a las madres, esposas, hermanos e hijos de los 19 trabajadores que estuvieron allí hasta la noche anterior: que los habían trasladado al Regimiento de Los Ángeles.

Los familiares se agruparon y partieron a buscarlos. En el Regimiento de Los Ángeles no los encontraron. Pasaron por la cárcel, el gimnasio de IANSA; nada. Después, algunos se fueron a Concepción y preguntaron en el Estadio Regional, en la Isla Quiriquina, en Talcahuano; sus nombres no aparecieron en las listas de prisioneros. Pasaron los días y la desesperada búsqueda se repitió una y otra vez en Chillán, en Linares. Así fue por semanas, por años. Muchos gastaron sus ahorros recorriendo distintas ciudades del país, buscando y preguntando sin respuestas. Pasaron por Temuco hasta llegar a Santiago. Todo fue inútil: los 19 se habían esfumado.

Dos días después de la masacre, el sacerdote Félix Eicher acompañó al obrero de la CMPC, Luis Sáez, a Los Ángeles, según declaró ante el ministro Carlos Aldana, “para que los de Laja no le hicieran nada”. Los días previos habían allanado dos veces su casa buscándolo, pero no lo habían encontrado. “Así como se entregó Macaya, dile a tu marido que también lo haga”, le habría dicho el sargento Rodríguez a su esposa. El sacerdote lo convenció de que se entregara el 20 de septiembre de 1973. Ese mismo día quedó detenido. Seis años después, cuando encontraron a los otros 19 en el cementerio de Yumbel –donde habían sido llevados clandestinamente por Fernández y sus hombres–, los restos de Luis Sáez aparecieron en el Fundo San Juan.

EL PROCESO DE LOS FUSILEROS DE LAJA

Aunque habían pasado 38 años, muchos de los carabineros que trabajaron en la Tenencia de Laja en septiembre de 1973 pretendieron en 2011 mantener su juramento de silencio sobre lo ocurrido en la madrugada del 18 de septiembre de ese año . El sargento 1º (r) Gabriel González, por ejemplo, aseguró ante la PDI que no sabía nada de los 19 desaparecidos y que él sólo participó en algunas detenciones. Nada dijo de su pelea con Nelson Casanova esa madrugada justo antes de dispararles por la espalda. Y el mismo Casanova, quien según los testimonios se resistió a disparar, declaró: “En esa época había muy buena relación con los trabajadores de la CMPC, por lo que no tuve conocimiento de que hayan sido detenidos empleados de dicha empresa”.

Fueron los testimonios de los que sí decidieron confesar los que le permitieron al ministro en visita Carlos Aldana emitir en agosto de 2011 una orden de detención para los 14 funcionarios aún vivos que participaron en las detenciones y en la ejecución de los trabajadores asesinados en el Fundo San Juan. Después de eso, todos comenzaron a hablar. El 18 de ese mes, Aldana realizó con todos los detenidos la reconstitución de escena de la cadena de hechos que acabaron con la vida de los 19 trabajadores. Fue un día clave, dramático. Después de eso, no quedaron más dudas: luego de cuatro días, el ministro procesó a nueve de los carabineros por homicidio y a uno por encubrimiento. Otros tres, los que esa noche se quedaron en la guardia, fueron sobreseídos. A pesar de la crudeza de los crímenes, hoy todos están libres.

La siguiente es la lista de todos los carabineros involucrados y lo que ocurrió con ellos:

1.- Alberto Juan Fernández Michell: Teniente (r) de Carabineros. Fue el oficial a cargo de la Tenencia de Laja y el responsable de ejecutar las órdenes que provenían de Los Ángeles. Él ordenó y participó en las detenciones y la ejecución en el Fundo San Juan. Fue llamado a retiro de la institución en 1979, aduciendo “falta de vocación”. Fue procesado como autor de homicidio. Cuando todos los demás obtuvieron la libertad provisional, él quedó detenido por ser el oficial responsable. Su defensa apeló y salió libre luego de pagar una fianza de $300.000.

2.- Evaristo Garcés Rubilar: Era suboficial de Carabineros y el segundo al mando en la Tenencia de Laja, por lo que jugó un papel clave en la organización de las detenciones y la matanza de los 19 en el Fundo San Juan. Él se consiguió el lugar para la ejecución clandestina y contactó al agricultor alemán Peter Wilkens. Murió el 25 de diciembre de 1987 a los 60 años por un accidente vascular producto de la diabetes.

3.- Pedro Rodríguez Ceballos: Sargento de Carabineros. Estuvo a cargo de varias de las detenciones y tuvo un papel protagónico en la gestión de la ejecución. Estaba casado y tiempo después de lo que ocurrió esa noche, pasó a ser parte de la DINA. Murió el 22 de diciembre de 2012 el el Hospital Depreca por un cáncer gástrico mestátasico que le provocó una falla multiorgánica. Tenía 64 años.

4.- Lisandro Alberto Martínez García: Sargento 1º (r) de Carabineros. Si bien declaró en un principio no haber participados en la masacre porque en ese entonces trabajaba en la oficina de partes del cuartel, terminó aceptando su participación: “Todos portábamos fusiles y disparamos”, dijo. Fue procesado como autor de homicidio y salió en libertad provisional con una fianza de $300.000.

5.- Luis Antonio León Godoy: Sargento 2º (r) de Carabineros. Al principio dijo que habían sido los militares los que pasaron por la Tenencia y se llevaron a los 19 detenidos. Luego cambió su versión: “Cuando mi suboficial Garcés dio la orden, todos debimos disparar”, señaló. Fue procesado como autor de homicidio y salió en libertad provisional luego de pagar una fianza de $300.000.

6.- José Jacinto Otárola Sanhueza: Sargento (r) de Carabineros. En sus declaraciones aseguró que no había participado y que no estuvo la noche de la matanza. Pero en la reconstitución de escena, reconoció haber estado allí. Su función fue estar todo el tiempo en el jeep de la CMPC alumbrando lo que sucedía al frente suyo. Lo vio todo, pero no apretó el gatillo. Fue procesado por encubrimiento de homicidio y luego de pagar una fianza de $100.000, obtuvo su libertad provisional.

7.- Gerson Nilo Saavedra Reinike: Sargento 1º (r) de Carabineros. Fue uno de los primeros en prestar declaración y reconocer lo que sucedió la madrugada del 18 de septiembre de 1973. Esa noche se juntó con la caravana cuando ya estaban por llegar al Fundo San Juan. Lo procesaron por homicidio y obtuvo su libertad provisional después de pagar una fianza de $300.000.

8.- Florencio Osvaldo Olivares Dade: Sargento 2º (r) de Carabineros. También reconoció su participación desde el 11 de septiembre de 1973. “Fueron días difíciles, se dormía poco”, dijo. Es uno de los procesados por homicidio y tras pagar los $300.000 de la fianza, salió en libertad provisional.

9.- Pedro del Carmen Parra Utreras: Sargento 2º (r) de Carabineros. Apenas lo interrogaron, contó con detalles lo que sucedió esa noche. También fue procesado por homicidio y está con libertad provisional desde que pagó los $300.000 de su fianza.

10.- Gabriel Washington González Salazar: Sargento 1º (r) de Carabineros. Fue el hombre que se peleó antes de disparar, aunque cuando le tocó declarar, dijo que habían sido los militares. Después reconoció su participación. Los procesaron por homicidio y hoy está libre.

11.- Samuel Francisco Vidal Riquelme: Cabo 1º (r) de Carabineros. Fue el primero que rompió el pacto de silencio. Su testimonio fue clave para aclarar lo que pasó con los 19 trabajadores en Laja. Fue procesado por homicidio y también obtuvo su libertad tras pagar la fianza de $300.000.

12.- Víctor Manuel Campos Dávila: Perteneció por 30 años a Carabineros. En su primera declaración sólo dijo que después del 11 de septiembre, la Tenencia de Laja se mudó a dependencias de la CMPC. Después agregó que estuvo esa noche y que disparó cuando se lo ordenaron, pero que no lo hizo a los cuerpos. Es uno de los procesados por homicidio y hoy goza de libertad provisional.

13.- Nelson Casanova Salgado: Sargento 1º (r) de Carabineros. Había dicho que nunca había participado en un operativo de detención de trabajadores de la CMPC, pero se comprobó su participación. También procesado por homicidio, hoy está libre después de pagar la fianza.

14.- Luis Muñoz Cuevas: Cabo 1º (r) de Carabineros. Como esa noche se quedó haciendo guardia en el cuartel, el ministro Aldana lo sobreseyó de la investigación.

15.- Anselmo del Carmen San Martín Navarrete: Suboficial (r) de Carabineros. Su misión esa noche fue detener el tránsito en la zona del hospital para que pasara la caravana. Después volvió a la Tenencia y se quedó toda la noche allí. Es uno de los tres carabineros sobreseídos.

16.- Juan de Dios Oviedo Riquelme: Suboficial (r) de Carabineros. También se quedó esa noche de guardia en la Tenencia de Laja, por lo que fue sobreseído.

17.- Sergio Castillo Basaul: Suboficial de Carabineros. Si bien no participó en el fusilamiento, tuvo un rol activo al guiar las detenciones en San Rosendo, ya que el se desempeñaba en esa localidad y conocía a sus habitantes. Murió el 16 de septiembre de 2005 por una hemorragia digestiva masiva, várices esofágicas y cirrosis.

sábado, 14 de enero de 2012

Chile 2012: el movimiento estudiantil en la encrucijada

por Sergio Grez Toso*
LE MONDE diplomatique | enero-febrero 2012.



El 2011 chileno se caracterizó por un renacer de las movilizaciones sociales. Un recuento parcial debe considerar entre las más significativas los paros y protestas regionales y comunales de Magallanes, Arica y Calama; las marchas contra el mega proyecto de HidroAysén, las manifestaciones a favor de los derechos de la diversidad sexual; las huelgas de los trabajadores del cobre (de empresas estatales y privadas); los paros de los empleados fiscales; las acciones del pueblo mapuche por la libertad de sus presos políticos, por la recuperación de sus tierras y por la reconquista de otros derechos conculcados; las protestas de los pobladores de Dichato damnificados por el terremoto y maremoto de 2010 y, sobre todo, el gran movimiento por la educación pública encabezado por los estudiantes de todos los niveles de la enseñanza, que durante más de seis meses conmovió al país, concitando interés en el mundo entero.



Este movimiento fue, sin duda, el de más impacto social, político y cultural. Logró muy poco, casi nada en   el plano reivindicativo porque el gobierno sólo “concedió” reformas cosméticas al modelo de “educación  de mercado” ya que no podía satisfacer el petitorio de los estudiantes y sus aliados, so pena de poner en riesgo todo el modelo neoliberal. Pero fue muy exitoso en términos de instalar en la opinión pública la preocupación por la educación como tema de prioridad nacional, cuestionando características esenciales del modelo imperante como el lucro, la desigualdad y el rol meramente subsidiario del Estado. Los componentes del movimiento por la educación pública, especialmente los estudiantes, contribuyeron de manera notable durante el año 2011 a deslegitimar uno de los aspectos del modelo neoliberal impuesto por la dictadura y consolidado por los gobiernos de la Concertación.

Pero su aporte no se limitó al plano de la educación, también significó una crítica implacable -a veces demoledora- de la institucionalidad y de las prácticas políticas imperantes en el Chile postdictatorial.



El carácter tutelado, protegido y de baja intensidad de la democracia neoliberal chilena quedó al desnudo en muchas oportunidades. La “clase política” sin distinciones de partidos ni bloques fue sometida a la crítica más incisiva de las últimas décadas y su nivel de desaprobación ciudadana alcanzó porcentajes récords (1).



Con todo, los estudiantes no consiguieron  los puntos principales de sus petitorios. La intransigencia del gobierno, que apostó a la represión, la manipulación mediática, las presiones políticas y financieras sobre los establecimientos públicos educacionales, además del cansancio y desgaste natural de estudiantes, profesores  y funcionarios de la educación luego de largos meses de paros, tomas, asambleas y manifestaciones, puso término a este primer período de movilizaciones con resultados ambiguos y sentimientos encontrados de sus protagonistas.



El “empate” con el gobierno era predecible desde el momento en que fue evidente que otros actores sociales no reforzarían al movimiento por la educación pública y que éste, a pesar de las amplias simpatías que concitaba en la ciudadanía, no se traduciría en movilizaciones masivas de trabajadores ni menos en paros productivos. El fracaso del pseudo paro decretado por la cúpula de la Central Unitaria de Trabajadores (CUT) a fines de agosto fue un indicio claro de que los estudiantes no lograrían sumar refuerzos frescos en esa etapa. La ruptura de conversaciones entre los dirigentes estudiantiles y el gobierno ocurrida algunas semanas más tarde y el descenso escalonado de participantes en las manifestaciones luego del receso de las Fiestas Patrias, fue el anuncio del reflujo que se instaló a partir de octubre.



El repliegue: un respiro para agrupar fuerzas

Venciendo las resistencias de sus sectores maximalistas que proponían una política de “todo o nada” y de inmolación ante la intransigencia gubernamental, el movimiento estudiantil universitario inició en noviembre un repliegue que significó el término de los paros y tomas a fin de salvar el año académico, evitar el colapso de sus universidades, mantener becas y otros beneficios que estaban siendo amenazados por las medidas del Ejecutivo.

En diciembre, varios colegios “emblemáticos” optaron por una línea similar que implica un respiro, la recomposición de fuerzas y la preparación para un nuevo ciclo de movilizaciones durante el año 2012.



Estas decisiones no fueron fáciles ni unánimes. Serias divisiones afloraron entre los estudiantes, entre estos y los profesores y al interior de las comunidades y estamentos involucrados. Sin embargo, los estudiantes universitarios mostraron mucha madurez en la resolución de sus conflictos internos, procediendo a renovar las directivas de sus principales federaciones en un clima de competencia regulada entre distintas corrientes políticas, de acuerdo a normas y procedimientos  incuestionablemente democráticos.



La decisión de continuar las movilizaciones de manera unitaria ha sido proclamada por los líderes de todos los sectores representados en las organizaciones del estudiantado universitario, independientemente de sus diferencias. El panorama es más complejo entre los secundarios ya que a las discrepancias entre sus propios referentes (como la ACES y la CONES) se ha sumado la sensación de haber sido “abandonados” por los universitarios. Y hasta comienzos del verano 2011-2012 persiste la ocupación de algunas decenas de colegios por alumnos que no tienen más perspectiva que continuar su acción “hasta las últimas consecuencias” (léase el desalojo policial).



Problemas y desafíos

Para pasar a una nueva fase de la lucha contra la educación de mercado el movimiento estudiantil necesita resolver varios problemas fundamentales. En primer lugar, debe dotarse de un petitorio unificado que garantice la unidad de todos sus componentes, base para un proyecto educacional alternativo al actual modelo y a las reformas superficiales propuestas por el duopolio hegemónico del poder político (Coalición y Concertación).



Al mismo tiempo debe superar los peligros que lo acechan desde su derecha y desde su “izquierda”. El movimiento estudiantil debe preservar su independencia frente a los cantos de sirena que la Concertación redoblará en un año de

elecciones para intentar ponerlo a su remolque y captar el capital político conquistado durante las movilizaciones (2).



Sin aislarse ni pretender una quimérica construcción de “poder” de espaldas a la política real, los estudiantes deberían ser capaces de dotarse de sus propias formas de representación política que, en conjunto con otros movimientos sociales, les permitan proyectarse sobre el escenario nacional, sin descartar alianzas con referentes políticos contestatarios del actual modelo de economía y sociedad imperante en Chile. La convocatoria a una Asamblea Constituyente para proceder de manera democrática -por primera vez en la historia nacional- a la refundación de las bases de la institucionalidad, proporciona un horizonte político común para unir fuerzas y movimientos (3). Las condiciones están dadas para trabajar seriamente en esa perspectiva (4).



Pero los estudiantes también deberán hacer un serio esfuerzo por criticar, aislar y neutralizar políticamente a aquellas tendencias que surgen como excrecencias  “maximalistas” en su propio seno. Los cultores de la violencia ciega, sin más sentido que el desfogue como reacción a su propia impotencia para formular propuestas y dar direccionalidad política, deben ser objeto de una severa crítica. La pirotecnia “revolucionaria” de pequeños grupos incapaces de asegurar conducción al movimiento y de ganar legítimamente representación en sus organizaciones naturales, sustituyendo la acción colectiva por los actos “heroicos” de minorías iluminadas, tiene que ser condenada por su colusión objetiva con las políticas del poder. Igualmente es necesario que el movimiento estudiantil supere aquellas visiones del “todo o nada”, incapaces de distinguir etapas en el desarrollo de un movimiento y objetivos de corto, mediano y largo plazo. Sin atribuirse roles mesiánicos, el movimiento estudiantil puede desarrollar acciones pedagógicas de politización  hacia el resto de la sociedad chilena. En buena medida ya lo hizo durante las grandes movilizaciones del año pasado. De allí la toma de conciencia ciudadana acerca de la necesidad de cambiar el injusto y catastrófico sistema educacional imperante en el país. En la nueva fase que se avecina, los estudiantes junto a los profesores y trabajadores de la educación deberían profundizar la crítica al modelo, proponer soluciones alternativas y establecer de manera muy didáctica el vínculo entre los males de la educación, el modelo económico neoliberal en su totalidad y la democracia tutelada y de baja intensidad que padece la mayoría de la población.



En este vínculo reside, precisamente, la posibilidad de tender lazos solidarios entre distintos movimientos sociales en base a plataformas convergentes en su oposición al neoliberalismo y en torno a la reivindicación de una democracia plena y sin cortapisas autoritarias. Sólo la conformación de un amplio frente de sectores sociales y políticos opuestos al modelo neoliberal y partidarios de una efectiva democracia política y social, puede aportar las fuerzas adicionales que permitan derrotar al sistema de educación de mercado, ganando también la batalla global contra el neoliberalismo.



Asumir estas tareas implica superar ciertas concepciones que de manera dispersa pero persistente se han difundido en el último tiempo. Las principales y más perniciosas de estas ideas podrían sintetizarse en las siguientes  proposiciones: “Vivimos un período pre revolucionario, por ende nuestra política debe ser maximalista e intransigente. Los movimientos sociales no deben participar en el juego político institucional, tienen que construir su propio espacio de poder lejos del Estado, en lo posible ignorándolo, para concentrarse en potenciar su identidad y memoria y en el desarrollo de recursos propios. Los movimientos sociales populares (en este caso el estudiantil) sólo deben deliberar (permanentemente), concordar, imponer y no transar. Los partidos políticos no son necesarios -ni ahora ni más tarde- desde el momento en que las ‘bases ciudadanas’ ejercen su soberanía”.



Sería absurdo negar que ante el descrédito de la política “oficial” representada por los partidos insertos en el juego parlamentario de la actual democracia neoliberal, este tipo de entelequias ha encontrado cierto eco en sectores estudiantiles. No obstante su seductora retórica anti-sistema, este discurso oculta debilidades e incongruencias que es preciso develar para evitar el desarme ideológico y político de los movimientos sociales contestatarios, entre ellos el estudiantil. El enclaustramiento en quiméricos “falansterios”, cultivando una inmanente “memoria popular”, tejiendo pacientemente la tela de su micro “poder” de espalda a las mediaciones y conflictos de la política realmente existente, ignorando al Estado y las correlaciones de fuerza entre los actores sociales y políticos, es un espejismo que sólo puede sembrar derrotas y generar impotencia entre sus seguidores. Su único horizonte es la esterilidad política y el cultivo de una eterna rebeldía que no puede transformarse en poder efectivo. Para evitar ese callejón sin salida, conservando su autonomía, los movimientos sociales pueden y deben abrirse al juego de la política, procurando generar sus propios instrumentos políticos so pena de verse obligados a retirarse a las áridas tierras de la Utopía fundamentalista o a delegar en otros la representación de sus intereses.



Es altamente probable que durante el presente año las movilizaciones por la educación pública asuman formas distintas que en el 2011. Sacando lecciones de la experiencia acumulada, varios líderes estudiantiles han estimado que la estrategia basada en prolongados paros, tomas de establecimientos educacionales y marchas, si bien dio sus frutos, tuvo sus  límites y no necesariamente constituirá la mejor línea de acción en los próximos meses. Aunque las marchas y manifestaciones públicas pueden seguir siendo efectivas medidas de presión, los paros de largos meses (acompañados o no de ocupaciones de establecimientos) terminaron por ser inocuos ante la decisión del gobierno de dejar que los colegios municipalizados y las universidades estatales se “pudrieran” como resultado de tales acciones. Peor aún, al cabo de varios meses, las tomas y paros, que habían servido para llamar la atención de la opinión pública, comenzaron a convertirse en elementos funcionales a la política gubernamental de erosión de las instituciones públicas de educación. Las tácticas corresponden a determinados momentos de la lucha, no pueden ser fetiches a los que hay que aferrarse a toda costa. El movimiento estudiantil deberá, pues, inventar otras formas de presión. Creatividad tiene de sobra. g



1. Un breve análisis sobre estos temas en Sergio Grez Toso, “Un nuevo amanecer de los movimientos sociales en Chile”, en The Clinic, Nº409, Santiago, 1 de septiembre de 2011.

2. Una buena señal en este sentido la ha dado el nuevo Presidente de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile (FECH), quien ha asegurado que el movimiento estudiantil no será el “comando juvenil” de la probable candidatura de Bachelet a la Presidencia de la República.

3. Una revisión histórica a los procesos constituyentes en Sergio Grez Toso, “La ausencia de un poder constituyente democrático en la historia de Chile”, en Varios autores,  Asamblea Constituyente. Nueva Constitución, Santiago, Editorial Aún Creemos en los Sueños, 2009, págs. 35-58.

4. Definida acertadamente por Jaime Massardo como la “de un nuevo Chile”, “una Segunda República donde todos podamos vivir en condiciones mejores, forjando

un futuro construido por todos”. Jaime Massardo, “Lecciones del movimiento estudiantil. Nace una nueva forma de hacer política”, en Le Monde Diplomatique,

edición chilena, N° 121, Santiago, agosto de 2011, pág. 11.



*Historiador, académico de la Universidad de Chile. sergiogreztoso@gmail.com

viernes, 13 de enero de 2012

Uruguay - La "mano justa" del orden social


Ernesto Herrera
Correspondencia de Prensa

 
Lunes 9 de enero. En el barrio Malvín Norte. A escasos 25 minutos del centro de Montevideo. Unos 150 vecinos realizan una marcha "contra la inseguridad". Manifiestan su indignación por un triple crimen ocurrido días atrás. Reparten folletos y demandan "más justicia", la renuncia del ministro del Interior -el tupamaro Eduardo Bonomi-, y "mano dura" con el delito. Sobre todo esto último.

De pronto, dos jóvenes que iban en una motocicleta por la calle simulan un accidente contra un contenedor. Un grupo de mujeres se detienen para ayudarlos. Los motociclistas intentan asaltarlas. Como el robo se frustra uno de los jóvenes se baja de la moto y le manotea la cartera a otra mujer que pasaba por allí. Los participantes de la marcha reaccionan enfurecidos. Uno de los asaltantes logra huir. El otro no tiene esa suerte. Recibe una brutal agresión. Se salva por un pelo de ser linchado. La foto publicada en los medios de prensa lo muestra ensangrentado, con heridas en el rostro y en el pecho.

La Policía llega 20 minutos después. El joven atrapado y golpeado por lo vecinos increpa a sus agresores desde un patrullero donde lo tienen esposado: "Yo robo porque soy pobre, ustedes son unos patoteros porque me dieron una paliza (.) Ustedes tienen plata, yo no tengo para comer".[1]

Luego del incidente la manifestación sigue su curso. Se escuchan las voces de vecinos y compañeros de trabajo de la familia asesinada: "Este pequeño país llegó a ser tierra de nadie, te asesinan y te roban". Algunos piden la pena de muerte: "Hay que matarlos, porque dentro de cuatro meses están afuera otra vez". Otros interpelan: "¿Dónde están los políticos y el comisionado de cárceles que tanto habla de los derechos humanos, queremos saber qué derechos son esos que masacraron a esta familia y nadie hace nada". Jorge Naso, uno de los organizadores de la protesta y amigo de la familia, resume: "No se trata de cambiar un ministro, es el Frente Amplio que tiene que asumir la lucha contra la delincuencia". Exige más patrullaje y reclama "mano dura" al presidente José Mujica para combatir el delito: "Están siempre diciendo que van a sacar el ejército para la calle, pero terminan tirando la bola para adelante".[2]

No es el primer caso de "justicia por mano propia". Ni el más grave. Los delincuentes muertos a tiros por sus potenciales víctimas ya son decenas (en su mayoría jóvenes). Bastante más de los que mata la propia Policía. El ejercicio de "legítima defensa" se convalida en amplios sectores de la sociedad, tanto como el derecho a estar armado.[3] Tampoco es una novedad que habitantes de una zona se manifiesten contra el "flagelo del delito". Semanas atrás habían marchado en Carrasco (unos 2.500) y en Pocitos (poco más de 100). Barrio rico uno, de "clase media" el otro. Donde abundan rejas electrificadas, alarmas inteligentes, guardias de seguridad. Y el "miedo al forastero", que invade desde la periferia miserable.
 

En Malvín Norte, por contraste, habita "población carenciada". Esa que tiene todas las "necesidades básicas insatisfechas". Es decir, clase trabajadora empobrecida, precarizada, desempleada. Igual que en los otros diez barrios de la capital donde se concentran: la pobreza y la indigencia, los "asentamientos irregulares", el mayor desempleo femenino, la fuerza laboral descalificada, la pobreza infantil, el reciclado de basura, el embarazo adolecente, el analfabetismo funcional. Y el 70% de los jóvenes "ni-ni" (ni trabajan, ni estudian).

No obstante, como si de pronto las "fronteras simbólicas" de la brecha socio-económica y territorial se diluyeran, "ricos y pobres" convergen en el terreno de las demandas punitivas. Las últimas encuestas divulgadas coinciden esta vez con la realidad. El 84% de los consultados está de acuerdo en mantener los antecedentes penales de los "menores infractores"; 69% apoya la baja de imputabilidad hasta los 16 años (el 40% hasta los 14); 74% quiere más "presencia policial" en las calles; 86% aprueba los "megaoperativos" represivos en los barrios más pobres.
 

La interpretación lineal de la "inseguridad", dice Rafael Paternain, "y la focalización en el delito contra la propiedad cometidos por adolescentes, son la base de sustento de una hegemonía conservadora en el ámbito de la seguridad".[4] En ese cuadro se inscribe la estrategia de orden público del gobierno del Frente Amplio.
 

El regreso del detective

La democracia, afirman los que mandan, no puede sobrevivir si no hay orden en las calles. Correcto. Si consideramos que se refieren a la democracia de mercado. En la cual la competencia de todos contra todos debe ser "ordenada" de alguna manera. En efecto, la Policía se ocupa de hacerlo, salvaguardando en primer lugar las instituciones y la propiedad privada. Porque la Policía está encargada de defender el orden público y de proteger el "interés general" de la sociedad frente a la violencia de aquellos que han decidido "romper el pacto de convivencia ciudadana". Y que, por lo general, son los conocidos de siempre: quiénes viven "sin códigos de conducta". O quiénes fueron perdiéndolos, según el Jefe de Policía de Montevideo, por los "efectos no deseados de la evolución de la sociedad".[5]
 

A partir de abril de 2011, la jefatura del Ministerio del Interior -asesorada por un equipo de sociólogos, antropólogos, sicólogos, abogados-, comenzó los ajustes en la estrategia. El discurso sobre el peligro de "favelización" (así designan a los procesos de segregación socio-económica y urbana) es acompañado por otro de "cercanía" que enfatiza la "integración" y la "participación democrática". Se pretende restablecer un clima de "cohesión social" para impedir las "disputas territoriales" en aumento. Entre los que poseen y los desposeídos.
 

Por un lado, se implementaron los "operativos de saturación" o "megaoperativos". Es decir, acciones invasivas en las llamadas "zonas rojas" donde "se refugia el delito". Los resultados fueron desalentadores. O peor. "Esta suerte de guerra preventiva de baja intensidad genera los efectos contrarios: se intensifican las dinámicas perversas de la violencia y se ahondan las brechas de confianza entre la ciudadanía y el Estado. Las lamentables consignas publicitarias esgrimidas como lenitivos para revertir la estigmatización de ciertos barrios ("yo los defiendo"), son la prueba más contundente del simplismo mecanicista que controla las acciones".[6]

Por otro lado, las tareas específicas de "disuasión". Visibilizando en primer lugar capacidad de fuego. Para eso la compra de armamento ruso. Así, la Guardia Nacional Republicana incorpora a su arsenal 150 fusiles del mítico Kaláshnikov; 200 armas cortas adquiridas a la fábrica metalmecánica de Izhvesk; y tres carros blindados Tigre (que pueden transportar entre 9 y 12 efectivos) a "precio de mercado": 280.000 dólares cada uno. Habrá, "como lo demanda la gente", 60 patrulleros más en las calles. Y las telecomunicaciones se "modernizarán" gracias a los equipos comprados a China. 
 

Luego viene "lo que no se ve" pero tiene la máxima eficacia. Según el Ministerio del Interior, el 70% de los delitos aclarados -y muchos de los que evitan- se debe al trabajo solapado de los policías de civil. El Comisario Inspector José Luis Rondán, jefe de Relaciones Públicas de la Jefatura de Policía, resume la tarea de estos investigadores: "se meten en el mundo de los delincuentes" y los "atacan desde allí". Andan en ómnibus, circulan por ferias y avenidas, se camuflan en shoppings, partidos de fútbol, recitales de rock. Vigilan las zonas comerciales más concurridas como la Unión, el Paso Molino, la Comercial. Se infiltran en los barrios periféricos y en aquellas "zonas conflictivas" donde los uniformados no pueden entrar a riesgo de ser recibidos a pedradas y balazos.[7] Nada original. Porque esta actividad de investigación, dice Rondán, se remonta a "los tiempos napoleónicos" y al "famoso detective Peuchet".[8]

El jefe de Relaciones Públicas de la Jefatura de Policía ha roto con ciertos estereotipos. Combina su profesión represiva con actividades culturales con niños en escuelas y ONGs. No emite sonidos guturales, es bien hablado y aparenta una mediana ilustración. Es dudoso que conozca realmente la historia de Jacques Peuchet (1758-1830), el archivista policial que con sus informes proveyó a Marx de valiosa información para escribir un ensayo sobre los suicidios en el París donde se encontraba exiliado.[9] Pero habla con propiedad. Él mismo tiene una experiencia de "muchos años como policía de particular" o detective, por tanto, sabe del valor de la tarea. Por eso habrá más policías ocultos, espiando. En poco tiempo se pasará de 248 a 500 efectivos. Y una prueba de que el asunto va en serio es la reciente disolución de la añeja Banda policial. Sus 70 músicos cambiaron de función: ahora son detectives de tiempo completo.
 

Apuntando contra al lumpen

El 18 de diciembre de 2011, en el marco de los actos conmemoratorios del 182º aniversario de la Policía Nacional, el ministro Bonomi anunció el "nuevo" plan estratégico de su cartera. La seguridad, dijo, "es una construcción ciudadana que llevará tiempo, con resultados a largo plazo". Repitió lo que todos saben: "que la seguridad ciudadana es la primera preocupación de los uruguayos". Criticó a los hacen política con el tema, porque "debilita la institucionalidad y rompe el puente con la sociedad".[10] Y puso énfasis en el eje principal: no habrá "mano blanda" ni "mano dura". La política de orden público se basa en la idea de "mano justa".

Un día más amenazador, otro día menos. El discurso cambia según sea la "sensación térmica" de la inseguridad (amplificada por los poderes mediáticos) y de cómo vengan las presiones políticas de la oposición. Aunque el marco conceptual es el mismo. Reaccionario por donde se mire. Para Bonomi, los cambios en los móviles sociales y culturales del delito se expresan claramente: "Son cada vez menos los que roban por hambre. Son cada vez más los que roban en ese marco consumista". Tal cual insiste el presidente Mujica en sus patéticas "reflexiones" semanales en la radio, donde la crítica a la "civilización del consumo" ocupa un lugar central.
 

De allí cobra fuerza la figura del "lumpen-consumista", el enemigo a combatir. Lo dice Bonomi: "No estamos hablando de la linda pobreza, ni esas personas forman parte de la base social para los cambios, son oposición a los cambios porque están con unos valores totalmente ajenos a los cambios. El cambio se basa en el trabajo, esto es todo lo contrario (.) La visión del que te dice que esas personas son producto de la sociedad y qué, por los tanto, los cambios tienen que ser sociales, es cierta. Pero el lumpen consumidor te genera un problema ahora y eso es algo que tiene que resolver el Ministerio del Interior".[11]  
 

Aún con matices, la tesis es abonada desde la academia. Para Gustavo Leal, sociólogo del campo progresista [12] la "fractura social" originada en la crisis de 2002 llevó a la "lumpenización" de un sector de la sociedad: "Esa lumpenización es el apartamiento de un sector de la sociedad de los códigos compartidos de valores".[13] Hay "un Uruguay excluido" que ronda el 10% y el 15% de la población, que tiene un perfil de "inempleabilidad elevado" y "un bajo nivel educativo". Ante esta realidad, hay una mayoría de la sociedad que "se siente amenazada por el Uruguay excluido. No lo conoce y le tiene miedo".[14]
 

Enemigos del cambio, vagos, ignorantes. ¿Irrecuperables. En todo caso hay que protegerse de ellos. No forman parte de la "linda pobreza" y los planes asistenciales del gobierno que se focalizan en "los más vulnerables", no consiguieron "integrar" a esta capa social que, finalmente, fue "ganada por el delito". El brazo penal del Estado es la única solución. Y las cárceles de la miseria siguen llenándose: 9.300 presos. Uno de los índices, en relación a la población, más altos de América Latina. 
 

Una clase trabajadora empobrecida

El 2011 finalizó con un anuncio del gobierno: 154.000 de personas dejaron de ser pobres. Según el Instituto Nacional de Estadística (INE), "un 4% de las personas en situación de pobreza lograron superarla en el último año". Esto significa, en las cifras oficiales, que habría unos 460.000 pobres en el país (14%) Los valores divulgados indican que en el último quinquenio, 675.000 uruguayos  superaron el "estado de pobreza". En 2006 había 1:135.000 pobres, el 34,4% de la población.

No obstante, las celebraciones en el progresismo -desde el Frente Amplio al periodismo adicto- ocultan que los parámetros para medir la pobreza son aquellos que ordenan el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional. Por ejemplo: si alguien tiene un ingreso de $7.200 mensuales (360 dólares) ya no es pobre; si el ingreso es de $2.100 mensuales (105 dólares) ya no es indigente. Lo que significa que la tan publicitada "reducción de la pobreza" es una parodia.
 

Según cifras divulgadas por la Encuesta Continua de Hogares del INE: la canasta básica familiar (dos adultos y un menor y medio) se ubica en $43.000 mensuales (2.150 dólares); el ingreso medio de los hogares es  $31.236 (1.561 dólares). Mientras que para el total del país, el ingreso medio per cápita a valores corrientes (sin aguinaldo y sin valor locativo) se estimó en $11.184 mensuales (559 dólares).

Según el Instituto Cuesta-Duarte del PIT-CNT, 813.000 trabajadores (56% de la fuerza laboral empleada), ganan menos de $10.000 mensuales (500 dólares). Otro informe dice: "la masa salarial de Obreros y Empleados cae desde 27,2% del PIB en 1998 hasta 23,5% en 2010. Esto permite concluir que han sido los obreros, empleados y trabajadores dependientes menos calificados quienes sufrieron la mayor pérdida salarial en el período analizado, lo que se explica tanto por un menor crecimiento relativo del empleo como por un peor desempeño de sus salarios".[15] En cuanto al "mercado de trabajo", la central sindical afirma que pese a los "indicadores generales positivos" (el desempleo se ubica en 5,9%), "el país continúa mostrando dificultades en relación a la calidad del empleo. Este año el no registro a la seguridad social afectará a unos 460.000 ocupados, lo que si bien refleja una caída de 5% respecto a 2010 aún continúa en niveles demasiado elevados".[16] Precariedad salarial y laboral. Empobrecimiento por consecuencia.
 

El gobierno destaca sus programas sociales y el monto que destina en transferencias monetarias a la "población vulnerable": un millón de dólares diarios (menos del 10% del gasto social total), equivalente al 0,6% del PIB (una cantidad menor que en el gobierno de Tabaré Vázquez, que destinaba el 2,5%.). Sin embargo, el paisaje de pobreza se extiende. Alcanzaría con constatar el aumento de las personas viviendo en "asentamientos irregulares": 276.000 en todo el país. Con ver las personas que trabajan en el reciclado de basura: 15.000 en Montevideo y 3.000 en el Interior; con registrar el crecimiento del trabajo infantil (entre 5 y 14 años): 79.400 niños, de los cuales un 75% realiza labores consideradas peligrosas.
 

Pero la mejor fotografía del "país productivo" y, a la vez, el más contundente desmentido a las opiniones de Bonomi y sus secuaces del Ministerio del Interior, es la realidad del barrio Casavalle (37.517 habitantes). Estigmatizado como una "zona roja" de las más pesadas, poblada por malhechores y atorrantes, según una idea generalizada entre la "gente de bien", es el barrio que tiene el menor índice de desempleo en la capital (2,7%) y uno de los más bajos del país. Es decir, los "lumpenes" trabajan y trabajan. Mucho más que los de Carrasco y Pocitos. No obstante, Casavalle es el barrio con mayor cantidad de hogares pobres (60%).[17]

El gobierno intenta disociar el delito de las causas sociales. Se entiende. Lo contrario sería reconocer no solamente el estado de crisis de sus políticas asistenciales, sino las consecuencias destructivas que produce el programa económico que pactó con las instituciones financieras internacionales y con las corporaciones patronales. Por eso, su estrategia de orden público va de la mano con el orden social del capital. Valdría recordarle aquella (y vigente) definición de Engels: "Y cuando la pobreza del proletariado crece al punto de privarlo de sus medios necesarios de sobrevivencia, cuando desemboca en la miseria y en el hambre, crece más la tendencia al desprecio por todo el orden social (.) "El desprecio por el orden social se manifiesta con mayor claridad en su extrema expresión, el crimen".[18]

La Policía podrá sumar e innovar mecanismos de represión al delito. Algunos volverán a fracasar. Otros resultarán eficaces y conformarán a esa ciudadanía que demanda "seguridad". Pero el "desprecio social" seguirá reproduciéndose, a la misma velocidad que se reproduce el empobrecimiento de la clase trabajadora y las capas más  explotadas.   


Notas

[1] El País, 10-1-2012.
 
[2] Ibídem.
 
[3] Según el Ministerio del Interior, hay 1.200.000 armas de fuego en poder de civiles en una población de 3.251.526 (Censo 2011).
[4] Rafael Paternain, fue director del Observatorio de Criminalidad del Ministerio del Interior. "Megaoperativos y pensamiento salvaje", Derechos Humanos en el Uruguay, Informe 2011, Servicio Paz y Justicia (Serpaj).
 
[5] Inspector mayor Diego Fernández, entrevista en el programa En Perspectiva, radio Espectador, 3-1-2012.
[6] Rafael Paternain, "Megaoperativos y pensamiento salvaje", ya citado.
[7] Entrevista en el programa En Perspectiva, radio el Espectador, 24-11-2011
[8] Entrevista en radio el Espectador, informativo, 23-11-2011.
 
[9] K. Marx, "Sobre el suicidio", Boitempo editorial, Sao Paulo, 2008.
 
[10] Citado por la agencia UyPress, 20-11-2011.
[11] Entrevista en el semanario Búsqueda, citada por Rafael Paternain en "Megaoperativos y pensamiento salvaje".
 
[12] Integra la ONG "El Abrojo" y dirige el Observatorio Sociodemográfico del Área Metropolitana en conjunto con la Intendencia Municipal de Montevideo.
 
[13] Entrevista en el programa En Perspectiva, radio el Espectador, 1-9-2011.
 
[14] Gustavo Leal, columna en Montevideo Portal, 29-11-2011.
 
[15] "La masa salarial entre 1998 y 2010". Instituto Cuesta-Duarte, PIT-CNT, diciembre 2011.
[16] Informe de coyuntura trimestral. Instituto Cuesta-Duarte, PIT-CNT, diciembre 2011.
[17] "Montevideo: una ciudad de varias caras". El País, 18-12-2011.
[18] F. Engels, "La situación de la clase obrera en Inglaterra", Editorial Esencias, Buenos Aires, 1974.