Mostrando entradas con la etiqueta restauración capitalista. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta restauración capitalista. Mostrar todas las entradas

viernes, 22 de julio de 2011

China - ¿Es socialista el Estado chino?

Reseña del libro de Wang Hui, The End of Revolution: China and the Limits of Modernity (El fin de la revolución: China y los límites de la modernidad)


Au Loong-Yu

Traducción de Viento Sur
http://www.vientosur.info/

El editor del libro de Wang Hui dice que "argumentando que la historia revolucionaria de China y su actual proceso de liberalización forman parte del mismo discurso de modernidad, Wang Hui propone alternativas tanto a su trayectoria capitalista como a su pasado autoritario". Lo que sigue es nuestra visión del libro a la luz de esta descripción: ¿hasta qué punto es correcto este juicio y qué relevancia tiene para los activistas sociales que están buscando justamente esa alternativa en China?

Hemos de recordar que Wang Hui es ante todo un estudioso de la cultura y la filosofía especializado en la historia intelectual de China. Por eso, aunque el título del libro anuncia un debate altamente politizado, gran parte del contenido se ocupa de la historia cultural e intelectual de la China contemporánea, más que de los aspectos políticos. Por razones prácticas preferimos centrar nuestros comentarios en los textos más políticos de Wang, es decir, básicamente los tres primeros capítulos, que ocupan casi la mitad del libro.

Después de liquidar el movimiento democrático de 1989, el Partido Comunista de China (PCC), bajo la dirección de Deng Xiaoping, impulsó un programa encaminado a la plena restauración del capitalismo combinada con una rápida industrialización, que implicó la apertura de los mercados del país al capital extranjero. La magnitud de China y el proceso gradual de apertura dieron suficiente margen de tiempo y espacio para que el capital privado chino creciera con tanta rapidez que lograra evitar que el capital extranjero se hiciera con las riendas de la economía, sentando así las bases del ascenso de China. Esto tuvo su precio, claro está: un precio que pagaron los trabajadores de los sectores estatal y colectivo con la pérdida del empleo, de la atención sanitaria gratuita y del acceso asequible a la educación de sus hijos. La mayoría de intelectuales comulgaron con esa gran oleada de asaltos neoliberales al antiguo Estado de bienestar. La mayoría de liberales aplaudieron con entusiasmo la reducción de la mano de obra del sector público, pensando que formaba parte del desmantelamiento del Estado todopoderoso y del crecimiento de un mercado autónomo que sentaría las bases para una sociedad democrática en el futuro. Solamente se quejaron de que la privatización no viniera acompañada de una moderada reforma constitucional.

La importancia de los movimientos sociales

Wang Hui fue uno de los intelectuales de izquierda que criticaron el discurso liberal y neoliberal. Sus artículos tempranos se publicaron en inglés con el título de China's New Order (Harvard, 2003), entre ellos uno de 1997 sobre "El pensamiento chino contemporáneo y la cuestión de la modernidad", en el que ridiculiza la idea liberal de que la lógica del mercado reside en el libre intercambio de derechos individuales y por tanto es capaz de "imponer ciertas restricciones a la expansión excesiva del poder del Estado". Haciéndose eco de la distinción que hizo Karl Polanyi entre mercado y sociedad de mercado, explica:

"En la dicotomía planificación/mercado, se asume que la noción de 'mercado' es fuente de 'libertad'. Sin embargo, esta noción desdibuja la distinción entre mercado y sociedad de mercado. Si podemos decir que los mercados son transparentes y funcionan de acuerdo con el mecanismo de los precios en el punto de compraventa, entonces una sociedad de mercado utilizaría los mecanismos de mercado para gobernar los ámbitos de la política, la cultura y todos los demás aspectos de la vida; el funcionamiento de la sociedad de mercado no puede distinguirse de una superestructura monopolista. Esta es precisamente la manera en que la noción de mercado difumina las desigualdades de la sociedad moderna y sus desiguales estructuras de poder" (Wang Hui, 2003, p. 176).

En este debate de finales del siglo pasado, los liberales trataron de defender la reforma desvinculándola de todos los males sociales que comúnmente se asocian a la economía de mercado: aumento de la desigualdad social y de la corrupción, desdén abierto por el derecho laboral y la legislación ambiental, etc. Dijeron que ni el mercado ni el capitalismo eran responsables de los males sociales, sino que la culpa debía atribuirse al socialismo y al Estado-partido. Wang Hui respondió que eran "incapaces de llegar a comprender el hecho de que los problemas de China también son los problemas del mercado capitalista mundial y que cualquier diagnóstico de tales problemas ha de admitir el continuo agravamiento de los problemas generados por la globalización del capitalismo. Incluso la actitud del Estado, que era el principal destinatario del pensamiento de la Nueva Ilustración, se ha visto constreñida por ese enorme mercado" (Wang Hui, 2003, p. 180).

En China, donde el recuerdo de Mao sigue vivo en gran parte de la población, cualquier crítica a la reforma capitalista desde la izquierda se remite a menudo al Presidente Mao y a su versión del socialismo para justificarse y considera que el Estado-partido es la única tabla de salvación frente al salvajismo de la reforma capitalista. Al igual que los neoliberales, rara vez consideran que los movimientos surgidos de la base de la sociedad son fenómenos positivos. Así es cómo surgió una corriente de pensamiento nacionalista y estatalista entre los llamados intelectuales de la Nueva Izquierda, una etiqueta que el propio Wang Hui considera problemática. Puede que Wang Hui no critique el discurso nacionalista, pero es uno de los poquísimos intelectuales que reconocen la importancia de los movimientos sociales en la lucha por la justicia social, tanto en el capitalismo como en el socialismo. Aunque él mismo no es un activista, parece que se mantiene atento al surgimiento de movimientos sociales en China.

Este es uno de los hilos conductores que van desde China's New Order a The End of the Revolution. Recuerda a los liberales que cuando presentan el capitalismo occidental como referencia por su respeto de los derechos individuales y su democracia parlamentaria, no deberían olvidar que se trata de las conquistas de una larga historia de luchas sociales. No es extraño que sea uno de los pocos intelectuales de izquierda que aplauden el movimiento democrático de 1989 y la participación directa en los asuntos públicos en general. Cegados por la falsa dicotomía entre mercado y Estado y viendo cada uno la salvación en uno de los dos términos de la dicotomía, tanto los neoliberales como los nacionalistas mantienen el mismo juicio negativo sobre el movimiento democrático de 1989 y las luchas sociales en general, viendo en el estallido de 1989 bien una "contrarreforma", bien una "revuelta antisocialista incitada por el imperialismo". En el segundo capítulo de su libro Wang Hui defiende el movimiento democrático señalando que en el mismo había profundas inclinaciones socialistas (Wang Hui, 2010, p.22).

"Los estudiantes, intelectuales y demás componentes del movimiento defendían todos la reforma (política y económica) y las demandas de democracia. Lo que reivindicaba la gente era que avanzara la reforma, aunque sobre la base de la democracia y la justicia; no reclamaba el llamado igualitarismo absoluto o el idealismo moral. Esas demandas estaban en absoluta contradicción con las avanzadas por grupos de interés particular, que exigían una privatización más radical, aunque en aquella época todavía no se comprendía el pleno alcance de este conflicto" (Wang Hui, 2010, pp. 32-33).

Después de presentar la opinión que tiene Wang Hui de la reforma capitalista, los movimientos sociales y la democracia, la conclusión que sacamos es que Wang Hui busca alternativas tanto a la trayectoria capitalista como al colectivismo autoritario.

¿Qué queda de la tradición socialista?

Hemos de ser conscientes de las limitaciones de esta búsqueda. La contribución de Wang Hui se sitúa en la crítica al neoliberalismo y al mito construido alrededor del mercado en pleno giro a la derecha de la política del gobierno a mediados de los años noventa. No obstante, rara vez profundiza su crítica para señalar al régimen que es precisamente la fuerza que ha impuesto las oleadas de privatización, primero de las empresas estatales y colectivas y después del suelo urbano. Aunque Wang Hui está preocupado por la corrupción galopante en el seno del partido, no señala más que a una fuerza que él denomina "grupos de interés particular": "Entre los sectores que participaron en el movimiento social de 1989 se hallaban esos grupos de interés particular que se habían beneficiado masivamente de la descentralización del poder y de las concesiones de la década de 1980, y que no estaban descontentos con las políticas de ajuste en ciernes". (Wang Hui ,2010, p.31)

La cuestión actual de la corrupción no solo implica a funcionarios individuales corruptos, sino también la cuestión de la relación entre la política social, la política económica y los intereses particulares. El desarrollo de la industria petrolera y de los proyectos energéticos, por ejemplo, se ve obstaculizado o impulsado a menudo por grupos de interés particular. Intereses particulares nacionales e internacionales han penetrado ahora más que nunca en los mecanismos del Estado e incluso en el proceso legislativo. En estas condiciones, la cuestión de cómo puede representar el Estado el llamado "interés universal" ya casi carece de todo sentido (Wang Hui ,2010, p.xxiii).

Mientras que los liberales atribuyen la mayoría de los males sociales exclusivamente al Estado-partido, muchos nacionalistas de izquierda hacen justo lo contrario y los achacan únicamente a la economía de mercado, con el propósito de salvar el honor del partido. Para estos últimos, si el partido tiene un problema, este se debe o bien a fuerzas externas (el mercado o el imperialismo), o bien a algún misterioso "grupo de interés particular". Lógicamente, esto significa que es ese "grupo de interés particular" y no el partido el culpable de la restauración capitalista y la imposición de un régimen profundamente contrario a los trabajadores. Resulta problemático defender un argumento de este tipo, sin embargo, porque fue el propio partido el que tomó la decisión de aplastar el movimiento de 1989, de proceder a la plena restauración del capitalismo a partir de 1992 y de pasar de una postura contraria a la burguesía a una política profundamente favorable a la burguesía y contraria a la clase trabajadora, hasta el punto de despedir a 60 millones de trabajadores de empresas estatales y colectivas. Fuera de este contexto, el enigmático "grupo de interés particular" no podría haberse beneficiado a expensas del pueblo. Tal vez Wang Hui no haya ido tan lejos como los nacionalistas de izquierda, pero su referencia acrítica al discurso de estos seguramente le impedirá distanciarse de ellos.

Es posible que Wang Hui no pueda expresarse libremente. Quien esté más o menos informado sobre China conoce muy bien el grado de censura que impera allí. Cualquier escritor que ponga en duda la caracterización oficial del partido o del Estado como portador del "socialismo con características chinas" corre el riesgo de ser castigado por la autoridad. De hecho, Wang Hui ya ha sido castigado al ser despedido de su cargo de editor de la conocida revista mensual Dushu. Para evitar la censura, los autores chinos suelen utilizar toda clase de códigos que representan términos sensibles o ideas críticas, y uno de esos términos es el de "grupo de interés particular". Aunque esta práctica permite sortear la censura, también supone sacrificar la claridad política, no en vano puede haber muchas interpretaciones diferentes del significado de "grupo de interés particular". De hecho, la corrupción galopante en el seno del partido y la decadencia moral de la sociedad empujan cada vez más a las personas a expresarse de manera más explícita. Incluso el economista Wu Jinglian, perfectamente integrado y muy conocido, critica ahora abiertamente el sistema imperante, calificándolo de "capitalismo de amigotes" sin miedo a sufrir represalias.

Al tiempo que hemos de tener en cuenta la existencia de la censura, sospechamos que la lógica interna de los escritos de Wang Hui puede resultar demasiado inconsistente e impedirle seguir desarrollando su búsqueda de una alternativa real. La clave del problema reside en estas preguntas: ¿Qué papel de clase ha desempeñado el Estado-partido desde 1989? ¿A qué intereses de clase sirve desde entonces? Para nosotros, la respuesta es clara: el Estado-partido ha cambiado cualitativamente su papel de clase y ahora está al servicio de la burguesía. Si Wang Hui reconoce la importancia de la respuesta a estas preguntas, pero teme las consecuencias de expresarla públicamente, puede optar por guardar silencio. Sin embargo, al igual que muchos nacionalistas de izquierda, sigue defendiendo al Estado-partido por cosas que no merece. Lo ha hecho exagerando la tradición supuestamente viva del socialismo en el seno del Estado-partido:

"El Partido Comunista Chino ha repudiado con firmeza la Revolución Cultural, pero no ha repudiado ni la Revolución china ni los valores socialistas. Esto ha tenido un doble efecto. En primer lugar, la tradición socialista ha operado hasta cierto punto como freno interno a las reformas del Estado. En segundo lugar, la tradición socialista ha dado a los trabajadores, campesinos y otros colectivos sociales ciertos medios legítimos para oponerse o negociar los procedimientos corruptos o antiigualitarios de implantación del mercado por parte del Estado" (Wang Hui ,2010, p.18).

¿No repudió el PCC ni la Revolución china ni los valores socialistas? ¿Se puede creer a pies juntillas en la retórica socialista del PCC? ¿Puede uno defender realmente esta tesis a la luz de las dos grandes olas de privatización y la gran oleada de despidos que afectó a 60 millones de trabajadores? No negamos que en ocasiones la gente común pueda ganar batallas parciales invocando el principio socialista consagrado en la Constitución, pero no hay que perder de vista la otra cara de la moneda, a saber, que se han perdido muchísimas más batallas; que el partido ha traicionado a la revolución y se ha convertido en un partido de la clase propietaria, que la fuerza de trabajo de cientos de millones de trabajadores y campesinos se ha visto reducida de nuevo a una mera mercancía que se puede comprar y vender libremente a precios miserables y que ninguna tradición socialista en China ha sido capaz de impedir que todo esto ocurra. Ningún contable cualificado puede elaborar el balance de una empresa registrando simplemente la pequeña suma de activos que le quedan sin tener en cuenta también las enormes pérdidas que ha sufrido y la enorme deuda que ha acumulado.

Si Wang Hui ha cometido este error, significa que hace una concesión teórica a los nacionalistas de izquierda, que han tratado de lavar la cara al PCC con el argumento de que por mucho que hubiera habido una ruptura entre la China de Mao y la China de Deng, por fortuna solo se produjo en el terreno económico, mientras que en el plano político hay más continuidad por el hecho de que el PCC se mantiene en el poder y la "tradición socialista" sigue viva (¿hasta qué punto?) en el Estado-partido /1, y lo que queda por hacer es persuadir a este Estado-partido que vire de nuevo a la izquierda. Por ejemplo, esto es lo que sostiene Giovanni Arrighi en su libro Adam Smith in Beijing. Su idea fue retomada posteriormente por un intelectual taiwanés, Huang Debei, que tiene una opinión favorable sobre el socialismo de Mao y afirma que hasta ahora China ha sido un Estado bonapartista autónomo, y por tanto todavía no sometido a los intereses de clase de la burguesía; por consiguiente, puede dar tanto un giro a la derecha como a la izquierda (¿hasta qué punto?). En cambio, nosotros diremos que a pesar de que el Estado-partido esté aparentemente por encima de todas las clases, ello no implica que no tenga ningún carácter de clase o que sea totalmente "neutral" o "autónomo" con respecto a todas las clases. Más bien está muy claro que desde 1989 el Estado-partido ha traicionado su propio principio fundacional y se ha puesto al servicio de la burguesía, y por tanto es un Estado-partido burgués.

Raíces de la corrupción: ¿dentro o fuera del partido?

Esta noción de "tradición socialista" olvida alegremente que es la burocracia del Estado-partido la que constituye el núcleo duro de la nueva burguesía surgida a expensas de los trabajadores. En el giro de 180 grados que ha efectuado al pasar de una política antiburguesa a una política proburguesa, lo primero que ha hecho la burocracia es enriquecerse a sí misma. Wang Hui debería buscar en el interior del PCC para hallar la raíz de la restauración capitalista, y no dirigir la mirada hacia otra parte. La verdad es que no hace falta ningún "interés particular" externo para "infiltrarse" en la maquinaria del Estado para corromperla; porque la raíz de la degeneración está en su interior. Para los marxistas, el Estado siempre es una fuerza alienada de la sociedad y la burocracia siempre sirve a su propio interés, y este es el caso cuando la burocracia estatal, los supuestos "servidores públicos", han arrebatado todo el poder político a los "amos de la casa" desde hace tiempo. Esto no lo hicieron solo por necesidad debido el estado de sitio a que estuvo sometido el país durante la Guerra Fría, sino también a causa de sus propias necesidades de monopolizar el derecho a distribuir la plusvalía social en beneficio propio. Por tanto, la degeneración del partido hasta convertirse en el partido de la restauración capitalista es más el resultado de fuerzas endógenas que de fuerzas exógenas.

Por consiguiente, los militantes de izquierda, incluido Wang Hui, se equivocan cuando piensan que la decisión del PCC de embarcarse en la reforma de mercado fue fruto de una mala opción política; olvidan que la decisión del PCC tenía menos que ver con la política correcta que con los intereses materiales de la burocracia enquistada en el Estado. Si hay alguna continuidad entre la China de Mao y la de Deng o la posterior a Deng, no es tanto la supervivencia de una "tradición socialista" como los privilegios de la burocracia representada por el PCC: el "ista" que profesa tiene siempre una importancia secundaria; lo principal es su monopolio del poder político.

A medida que pasaba el tiempo, el partido era cada vez más consciente de que sin establecer el derecho a la propiedad privada existía el riesgo de que su monopolio del poder político para distribuir el excedente social no pasara a sus hijos. Por tanto, lo que caracteriza los 60 años de historia de la República Popular China (RPC) no es simplemente una ruptura entre un pasado colectivista autoritario y un presente capitalista igualmente autoritario, sino también una continuidad encarnada por el monopolio del poder de este partido de la burocracia. La ruptura se produce precisamente porque era la única manera de mantener indefinidamente la dominación del partido. Por consiguiente, una alternativa tanto a la trayectoria capitalista como al colectivismo autoritario solo es concebible oponiéndose al partido, no avalándolo con el argumento de que este Estado-partido conserva aspectos de la "tradición socialista" y es capaz de autorreformarse, o diciendo que se debe persuadir al PCC para que introduzca cambios políticos. Defender esta última opción equivale a sembrar ilusiones en la nueva clase obrera ascendente.

¿Cuál es el lugar de las luchas de clases?

Wang Hui no ha ido tan lejos, pero su caracterización de la naturaleza de clase del Estado-partido, o la ausencia de esa caracterización, y su aceptación de la teoría de la persistencia de la "tradición socialista", pueden hacer de puente hacia una posición que simplemente acepta un papel de presión sobre el partido dominante, mientras que lo que hace falta y urge verdaderamente es una revuelta desde abajo. En efecto, llama la atención que en los escritos de Wang Hui las cuestiones que tienen que ver con las clases, el Estado, la burocracia y su relación con la China contemporánea siempre se tratan de pasada y en abstracto, por no decir que están en gran medida ausentes. Tampoco hay ninguna referencia a la lucha de clases como una de las fuerzas motrices capaces de impulsar la historia de China. De hecho, Wang Hui trata el tema de la transformación radical del papel del Estado-partido tan a la ligera que se limita a resumir su análisis en unas pocas frases en su primer libro traducido al inglés:

"El movimiento socialista moderno surgió a partir de un análisis de las contradicciones internas del capitalismo y de la aspiración a superar esas contradicciones, pero la práctica del socialismo no solo fracasó a la hora de hacer realidad esta aspiración, sino que fue absorbida por el capitalismo mundial. Al mismo tiempo, el capitalismo vio en el socialismo y en los diversos movimientos a favor de la protección de los derechos sociales una oportunidad para reformarse y autocriticarse, hasta tal punto que hoy día es imposible definir el socialismo o el capitalismo en sus sentidos originales sobre la base de la unidad autónoma del Estado nacional" (Wang Hui, 2003, p.183).

Parece que hay cierta dosis de fatalismo en esta descripción del fracaso del socialismo, como si la derrota no fuera más que una evolución natural del socialismo. Esta clase de propuestas suponen una concesión excesiva al discurso neoliberal de la "economía de transición", según el cual el movimiento socialista del siglo XX no fue más que un desvío momentáneo de la economía de mercado y que su economía planificada centralmente estaba abocada a ceder el paso a la economía de mercado, pues esta es la única manera viable de organizar un sistema eficaz de producción y distribución. Semejante discurso es demasiado ahistórico, pues deja totalmente de lado el factor de la lucha de clases.

El propio discurso de Wang Hui no sale mucho mejor parado. A pesar de que confiere gran importancia al movimiento democrático de 1989, no ha sido capaz de verlo como una revuelta masiva contra el programa de restauración capitalista del PCC, en la que la aspiración de la mayoría de los participantes apuntaba precisamente a dar alternativas a su trayectoria capitalista y su pasado autoritario; la fuerza del movimiento puso tan nerviosos a los máximos dirigentes del PCC que llegaron a temer que, si no actuaban rápidamente para aplastarlo era posible que se dividiera el ejército. Aunque Deng Xiaoping finalmente logró imponer los objetivos de su trabajo sucio, después de la intervención militar la mayoría de dirigentes todavía estaban asustados ante el reto más importante, contundente y directo que jamás se había planteado al PCC en la historia de la RPC. Marcó tan profundamente la memoria de la burocracia que a ésta le entró la paranoia ante cualquier movimiento que surgiera de abajo; y en los siguientes 20 años hizo de China un perfecto Estado policíaco a base de incrementar los presupuestos de seguridad interior incluso por encima de los presupuestos de defensa. Por tanto, no hubo nada natural en la metamorfosis del papel de clase del PCC, ni la restauración del capitalismo era inevitable en virtud de ciertas misteriosas fuerzas ahistóricas. Cualquier sugerencia de este tipo lo único que hace es despolitizar un tema sumamente político.

Sí, volvemos a poner sobre el tapete el debate pasado de moda sobre capitalismo y socialismo, las clases, la lucha de clases y el Estado. No se trata de un debate para pequeñas sectas, más interesadas en fórmulas políticas abstractas que en las luchas reales en el mundo real. Al contrario, lo sacamos de nuevo a colación precisamente porque muchos antiguos trabajadores de las empresas públicas o colectivas han planteado muchas veces esta clase de preguntas: ¿Por qué el partido aparentemente más "revolucionario" se convirtió finalmente en el partido de la restauración? ¿Por qué el PCC bajo Deng Xiaoping fue capaz de dar este giro? ¿Por qué no hubo una oposición seria a este giro? ¿Cuál es la naturaleza del PCC y del Estado que controla? ¿No es cierto que ahora se ha convertido enteramente en protector de las clases explotadoras?


Lo lamentable es que sean muy pocos los intelectuales de izquierda que formulen estas preguntas. De ahí que por mucho que algunos critiquen el mercado y el capitalismo, lo hagan de manera abstracta y académica (por ejemplo, reafirmando la prioridad de la "igualdad" sobre la "eficiencia"); o que si alguna vez lo hacen de un modo más político, siempre permanezcan atrapados en la falsa dicotomía entre Estado y mercado, acabando por apoyar la continuidad del monopolio del poder por el Estado-partido como medio para combatir el capitalismo. De este modo se dejan en el tintero a la clase obrera y al socialismo. Wang Hui tiene planteamientos más correctos que la mayoría de los intelectuales de izquierda y sus escritos pueden servir, en parte, de punto de partida para una alternativa; pero como también hace muchas concesiones intelectuales a la ideología oficial, pueden apuntar igualmente en la dirección contraria.

El autor de estas líneas ha hecho todo lo posible por no malinterpretar a Wang Hui. Sin embargo, también esto ha resultado ser una tarea difícil, debido a que sus escritos tienden a ser abstractos y están tan cargados de referencias a escuelas de pensamiento que a veces uno duda de su utilidad. Es más, sus ensayos chinos pueden ser muy distintos de los traducidos al inglés, aunque lleven el mismo título. Por ejemplo, el ensayo Depoliticized Politics: >From East to West no es una traducción íntegra del original chino, sino una versión muy resumida, hasta el punto que no representa más que el 15 % del original. No estamos seguros del motivo para hacer un resumen tan sucinto del escrito original, pero desde mi punto de vista el original chino no logra ni de lejos expresar tan bien su línea de pensamiento. Otro escritor de izquierda, Li Tuo, se ha quejado también en una entrevista reciente de que el estilo de Wang Hui obstaculiza la expresión efectiva de sus ideas.

Wang Hui y las minorías nacionales

Aunque debe advertirse también que resulta difícil comentar los escritos de Wang Hui leyendo únicamente las traducciones al inglés. Por ejemplo, la traducción de The Year 1989 y de Historical Roots of Neoiberalism in China elimina totalmente del original chino el juicio globalmente negativo que hace Wang Hui del derecho de autodeterminación de las minorías nacionales. (Wang Hui, 2008, p.150) Su crítica se basa exclusivamente en la asociación que hace del derecho de autodeterminación con el plan imperialista para Yugoslavia, olvidando que fueron marxistas, como Lenin, los principales defensores del derecho de autodeterminación. Con su argumento, Wang Hui no hace justicia ni al principio de autodeterminación ni a todas las minorías oprimidas del mundo, inclusive en China.

En otro ensayo publicado en chino Wang Hui rechaza el derecho de autodeterminación del pueblo tibetano, citando con aprobación a Chu Enlai. Según éste, para que la autodeterminación funcione sin crear conflictos con otras minorías, tiene que haber una situación en que cada una de estas minorías ocupa un territorio diferente, como fue supuestamente el caso de la Rusia zarista. De ahí que la Revolución rusa concediera a las minorías nacionales el derecho de autodeterminación y de secesión y las reunificara en una federación de Estados soviéticos. Puesto que en China, a diferencia de la Unión Soviética -sigue la argumentación-, la mayoría han y las minorías están mezcladas geográficamente, China no debe adoptar el federalismo y no tiene más opción que la del Estado unitario. La segunda razón de Chu Enlai era que la solución de un Estado federal (con el derecho de autodeterminación como requisito previo) podría invitar a intervenir al imperialismo.

Cualquiera que conozca bien la historia de la Revolución rusa y su postura con respecto a las minorías nacionales sabe perfectamente que esta observación de Chu Enlai es teóricamente incorrecta y ha sido desmentida por los hechos. Para Lenin, la autodeterminación no implica nunca automáticamente la secesión, la creación de un nuevo Estado o el federalismo. Es decepcionante ver que Wang Hui se apoya en argumentos de Chu Enlai.

Pero no seamos demasiado duros con Wang Hui. Si hemos de buscar en otra parte para encontrar una alternativa, no es tanto por culpa del propio Wang Hui, sino más bien debido a la incapacidad general de los intelectuales de desarrollar un pensamiento independiente tanto de la ideología oficial como del liberalismo occidental, o a la falsa dicotomía entre Estado y mercado. Si el Estado-partido, a pesar de haber traicionado su principio fundacional, sigue controlando ideológicamente a los intelectuales de izquierda, este control no se debe tanto a la supuesta "mayor legitimidad popular que nunca desde los años cincuenta", fruto "del crecimiento económico y del éxito diplomático" (Anderson, 2010, p.95) /2, sino más bien a su asombroso éxito a la hora de combinar la restauración capitalista con una rápida industrialización, lo cual le ha proporcionado una aparente independencia de todas las clases, y a su habilidad para hacer aparecer y desaparecer las clases a voluntad. Primero exterminando a la clase terrateniente y a la burguesía en los años cincuenta, y después promoviendo el renacimiento de la burguesía (situándose el propio Estado-partido en el núcleo duro de la misma) a partir de los ochenta; concediendo inicialmente el honor de "amo de la casa" a la clase obrera y después, décadas más tarde, condenándola a la depauperación y atrayendo a 250 millones de campesinos para convertirlos en la nueva clase obrera, no solo como mano de obra barata, sino también para hacer de contrapeso a la amenaza de una posible rebelión de los trabajadores del sector público. Es el éxito rotundo de este Leviatán del siglo XXI el que ha asombrado a todas las clases y las mantiene en la sumisión.


Quien busque seriamente una alternativa de izquierda tiene que analizar primero la historia de la RPC y el papel de las clases, la burocracia y el Estado. Es justamente en este aspecto en el que quedan pocos intelectuales de izquierda capaces de ofrecer un planteamiento satisfactorio.


Notas

/1.- Esto se refleja en Anderson, P. (2010), p.95, donde argumenta que "la RPC. es la combinación de una economía ahora predominantemente capitalista y un Estado todavía indudablemente comunista, siendo ambos los más dinámicos en su género que ha habido hasta la fecha." Nótese que no dice que es un Estado dirigido por el PCC, sino un "Estado comunista".
/2.- El problema es cómo demostrar estas afirmaciones cuando incluso para realizar un sondeo en China hay que pedir permiso a las autoridades. Es interesante saber que el Pew Research Center, en su Estudio Global de Actitudes de 2010, afirma que "China es sin duda el país más satisfecho de sí mismo de los que han participado en el sondeo. Nueve de cada diez chinos están contentos con la dirección que está tomando su país (87%), se sienten a gusto con el estado actual de su economía (91%) y se muestran optimistas con respecto al futuro económico de China (87%)." Lo que tal vez el lector no sepa es que las autoridades chinas prohibieron al Pew Research Center incluir en el sondeo preguntas sobre los derechos humanos y la democracia.

Bibliografía

/1.- Wang Hui (2010) The End of Revolution: China and the Limits of Modernity (El fin de la revolución: China y los límites de la modernidad).
Londres: Verso.
/2.- Wang Hui (2003) China's New Order. Cambridge: MA,.
/3.- Anderson, P. (2010) "Two Revolutions".
New Left Review, enero febrero.
/4.- Wang Hui (2008) Qu zhengzhihua de zhengzhi (La política de la despolitización): Hong Kong: Joint Publishing Company.

miércoles, 4 de mayo de 2011

Cuba - La revolución cubana en una encrucijada

Guillermo Almeyra *

Revista Herramienta


Para el gobierno cubano y -los partidarios del llamado socialismo real, o sea, del sistema económico, político y social imperante en la ex Unión Soviética y en los países de Europa oriental o en China y Viet Nam- Cuba es socialista desde los años 60, cuando así la declaró por radio Fidel Castro. Para los enemigos de Cuba y del socialismo, en los gobiernos y en el sistema capitalista mundial, también lo es (como lo era la Unión Soviética) pero por obvias razones de propaganda antisocialista, o sea, para identificar el socialismo -que según Marx sería el reino de la democracia y la abundancia y de la agonía del Estado como poder por sobre los ciudadanos- con la escasez, el partido único, la fusión de éste con el aparato estatal, el decisionismo vertical desde el vértice de la burocracia estatal-partidaria. En cambio, para la ultraizquierda, que sólo conoce el blanco y el negro y se guía por el todo o nada, el carácter de clase del régimen existente en Cuba es igualmente claro: Cuba no sólo sería capitalista sino que también imperaría en ella "la dictadura de los hermanos Castro", apoyada en una burocracia totalitaria.[i]

La cuestión sin embargo no es tan simple. La revolución cubana fue posible porque formó parte de una revolución anticolonial a escala mundial y tuvo lugar después de la muerte de Stalin y en plena crisis del estalinismo, todo lo cual le dio una fuerza y una dinámica peculiar. La revolución antitotalitaria, democrática y antiimperialista iniciada con el asalto al Moncada y triunfante en enero de 1959 se fue depurando de aquellos de sus dirigentes que eran simplemente burgueses o pequeñoburgueses antibatistianos y estaban dispuestos a mantener la sumisión del país al imperialismo estadounidense -los cuales huyeron a Miami o se levantaron en armas y después cayeron presos- y, como respuesta a los ataques de los Estados Unidos y a la necesidad de profundizar el proceso (y de encontrar aliados internacionales), se declaró socialista por boca de Fidel Castro -y no por consulta o decisión de masas, aunque el apoyo a esa declaración fue muy grande-. La expropiación de las tierras de los grandes capitalistas y del imperialismo, la estatización del comercio exterior y de la producción, los intentos de planificación anticapitalista de la economía, base para el desarrollo económico y cultural de la isla, constituyeron el punto de partida anticapitalista de la lucha por el socialismo y de la transición hacia él y fueron y son los elementos no estrictamente capitalistas que permitieron hacer frente al aislamiento y la crisis y debilitaron la propiedad privada de los medios de producción, o sea, al sector capitalista propiamente dicho.[ii]


El capitalismo, sin embargo, subsistió por la relación de Cuba con el mercado mundial, por la vigencia de la ley del valor, que regía la economía cubana. El Estado surgido de la revolución cubana tuvo una dirección revolucionaria de clase media, que contaba con la simpatía pero no con el protagonismo de los trabajadores. Dicho aparato de Estado había disuelto el ejército de Batista y se apoyaba sobre las milicias y sobre el pluralismo dentro de la revolución expresado en la presencia en el gobierno de los militantes del Movimiento 26 de julio dirigidos por Fidel Castro, pero también de algunos ex miembros del Partido Socialista Popular (comunista) en ruptura con este partido que se había opuesto inicialmente a la revolución, de jóvenes estudiantes, en su mayoría católicos, del Directorio Revolucionario y de militares antibatistianos, todos los cuales integraron las Direcciones Revolucionarias Integradas que terminaron fusionándose en el Partido Unido de la Revolución, después transformado en Partido Comunista Cubano a mitad de los sesenta del siglo pasado.


De este modo la revolución no nació dirigida por el partido comunista local sino por la democracia radical; en su comienzo fue pluralista y se fue profundizando al mismo tiempo que, por la necesidad de contar con el apoyo de la URSS[iii] , comenzaban a penetrar en el proceso revolucionario ideas y métodos burocráticos de cuño estalinista. Los burgueses cubanos y sus servidores, por último, partieron hacia Miami poco después de aplastada la invasión de Bahía de los Cochinos. Cuba pasó a ser un país capitalista sin capitalistas -como calificaba Lenin a la URSS inmediatamente posterior a la revolución- y con un aparato estatal que luchaba por la construcción del socialismo en la isla y a escala mundial.[iv] Aunque Cuba no se contaba entre los países más pobres y atrasados de América Latina -por el contrario, en los '50 era el segundo en desarrollo después de la Argentina-, se encontró por diversos motivos obligada a centralizar el poder, reduciendo los márgenes de la democracia, y creando las condiciones para una vasta burocracia desde el inicio mismo de la revolución.
La burocracia a la cubana
Ese cuerpo nuevo fue el resultado de diversos factores. Por un lado, de la necesidad de defender la revolución sacando de la producción a los más enérgicos y mejores hombres y mujeres para crear un aparato de contrainformación y contraespionaje y un ejército numeroso y bien armado, ya que los atentados y las amenazas de invasión estadounidense y de guerrillas contrarrevolucionarias no permitían otra opción. Se puede decir, por lo tanto, que el bloqueo y la amenaza del imperialismo son un poderoso factor de creación, mantenimiento y desarrollo de una vasta burocracia improductiva pero necesaria sobre la cual se insertaron toda la serie de organizaciones derivadas del modelo militar y de defensa y de los armamentos procedentes de la Unión Soviética en los últimos años sesenta.


A ese importante factor se agrega la fuga de los técnicos y administradores con experiencia, lo cual obligó a sustituirlos por una camada de militantes llenos de voluntad pero bisoños y con pocos conocimientos y, por lo tanto, con baja productividad y escaso rigor en la organización del trabajo, lo cual infló el aparato de control partidario y productivo. Una buena parte de la burocratización hay que achacársela además a los errores voluntaristas iniciales, como la innecesaria y contraproducente estatización del pequeño comercio, del artesanado, de la distribución y los servicios, que hoy está tratando de corregir tardíamente el gobierno cubano al suprimir de la nómina estatal 500 mil personas[v] para lanzarlas al cuentapropismo y a la creación ab novo de cooperativas (sobre esto volveremos más adelante).

Pero la principal fuente de la burocracia fue la eliminación en nombre del centralismo de la participación de los ciudadanos en la adopción de las decisiones políticas, económicas y técnicas, las cuales quedaron en manos de los "especialistas" y tecnócratas, reduciendo así la creatividad, la socialización de las experiencias de los productores, el ahorro de materiales, la productividad, y semiparalizando todo en una maraña de reglamentaciones y pasos burocráticos aprendidos de la Unión Soviética. A la ineficiente tradición burocrática española, heredada por nuestros países y en particular por Cuba, la última colonia hispana en América, se le agregó la burocratización ultracentralizada importada del estalinismo, que la heredó a su vez del ineficiente zarismo. Y, por último, de modo general, la burocracia tiene por base la división entre trabajo manual e intelectual, propia del capitalismo, sobre todo en los primeros tiempos en los que el nivel medio de preparación de los cubanos era mucho menor que el actual, y la consiguiente división entre "los que saben" y deciden y los que simplemente ejecutan, también muy marcada en tierras de caudillos, como las nuestras.

El voluntarismo de Fidel Castro contribuyó también a este proceso al tratar de corregir burocráticamente, con organismos de control de los controladores, el caos y la parálisis resultantes de decisiones erróneas -como la copia de métodos capitalistas provenientes de la Europa Oriental o como la aventura, desquiciante de toda la economía, del intento de lograr a cualquier precio una zafra de 10 millones de toneladas o el deseo, a caro precio e insostenible, de tener la vaca lechera más productiva del mundo o la autosuficiencia en espárragos-. La fusión entre el partido y el Estado, al mismo tiempo, impidió que el primero controlase al segundo y lo burocratizó, mientras introdujo en el aparato estatal, donde siempre existe la necesidad de adoptar decisiones técnicas precisas, eficaces y sostenibles, una imprevisibilidad y discontinuidad desorganizadoras y desmoralizadoras para los productores que son, no hay que olvidarlo, también consumidores de productos básicos.


La baja productividad de los trabajadores cubanos y la exhuberancia del personal estatal tienen sus raíces en décadas de errores económicos graves, a partir sobre todo del momento en que el Che Guevara fue derrotado en la discusión sobre la orientación de la economía por el triunfo de la concepción burocrática defendida por el maoísta Charles Bettelheim, que no se diferenciaba mucho de lo que planteaban también los asesores del llamado bloque socialista. En ese marco, el más grave de todos esos errores fue creer -contra toda evidencia y contra las advertencias hechas ya en 1936 por León Trotsky[vi]- que la Unión Soviética sería eterna y, por lo tanto, que eterno sería también el intercambio favorable a Cuba de azúcar por petróleo en abundancia, sin tener en cuenta los precios del mercado mundial. Esos errores políticos y esa falta de capacidad teórica para juzgar a los regímenes y las economías que la dirección cubana consideraba "socialistas" y en los cuales formaba sus economistas "marxistas" impidieron aprovechar la ayuda del CAME (o Comecon) para desarrollar la infraestructura cubana y las bases para la autosuficiencia alimentaria en la isla. Por eso el derrumbe del llamado bloque socialista precipitó en Cuba la crisis profunda del período especial y provocó una caída, en un año, de más de un tercio del PIB.


Si en la isla la burguesía no volvió al poder mezclada con los viejos apparatchiks estalinistas fue porque la revolución cubana fue y es, antes que todo, una revolución independentista y antiimperialista y porque no había allí restos de burguesía, como en los países de Europa Oriental, y porque en Cuba la burocracia no era aún, antes de la gran crisis iniciada con el Período Especial en los ochenta, una casta burocrática cristalizada, con nivel de vida y aspiraciones capitalistas, como la de la URSS. El gobierno, además, no estaba aislado sino que gozaba, en cambio, del consenso logrado gracias a la firme e intransigente defensa de la independencia cubana frente al imperialismo y al notable desarrollo material y cultural logrado durante casi treinta años, entre 1959 y 1986; y la burocracia, que la influencia soviética por un lado inflaba y estimulaba, sufría al mismo tiempo la presión de los trabajadores cubanos, a diferencia de la Unión Soviética y de Europa Oriental donde la sociedad civil había sido aplastada y desmoralizada. La actual burocracia, por otra parte, tiene diversas capas. Una, que trabaja con las ideas y la creación artística y literaria, siente más y refleja mejor las presiones democratizadoras y antiburocráticas de la sociedad y comprende mejor la necesidad de un cambio urgente en la economía y la vida política. Una parte de esta capa está influenciada por la idea de la generalización del mercado libre mientras otra, mucho menor, cree en la necesidad de una profundización del curso hacia el socialismo, recurriendo a la autogestión social generalizada. Otro sector de la burocracia, el ideológico, conservador e improductivo y reaccionario, busca mantener el statu quo ante del cual desprende sus privilegios y se abroquela en el partido, en una lucha perdida de antemano porque éste está fusionado con el Estado, que debe cambiar debido a los imperativos económicos y sociales. El sector militar, a la vez ideológico y productivo, ya que las fuerzas armadas garantizan la producción estratégica cubana, tiene privilegios y poderes mayores y tiende a alianzas con la tecnocracia. Esquematizando, la propuesta de este sector sería un Estado a la vietnamita o china, con un fuerte poder tecnocrático-militar y un partido único, que dirige un libre mercado burocráticamente controlado. Por último, en todos los sectores del aparato (intelectuales, burócratas partidarios, tecnócratas) existen los que in pectore se preparan para una "solución" similar a la de sus colegas de Europa Oriental, transformándose en capitalistas, sobre todo en el caso de una gran apertura al turismo y a las inversiones provenientes de los Estados Unidos.
Desde los ochenta hasta la actualidad
El derrumbe inglorioso y sin disparar un tiro de la Unión Soviética y su enorme y absolutamente impotente y corrompido partido comunista de 18 millones de miembros, así como el de los países del "socialismo real" y la inmediata transformación de los burócratas de esos países en capitalistas, apoderándose de modo mafioso de las empresas que antes administraban, o en socialdemócratas, tuvo enormes consecuencias en Cuba.


En primer lugar, ese proceso dio un golpe muy duro a la pretendida infalibilidad de la dirección del partido comunista cubano y del Estado, desde Fidel para abajo, al mismo tiempo que modificó profundamente la relación de fuerzas internacional, desmoralizando a sectores de la población y sobre todo del aparato burocrático. La brutal caída del Producto Bruto Interno y la necesidad de recurrir al turismo y a las inversiones extranjeras dispuestas a ignorar la ley Helms-Burton y el bloqueo llevó a muchos funcionarios y dirigentes partidarios a buscar "arreglarse" por su propia cuenta, en lo económico y en cuanto a la obtención de un seguro clandestino e ilegal para lo que pudiera venir, utilizando para ellos sus cargos y poderes. Al mismo tiempo generalizó el robo, la corrupción, la prostitución, el trabajo a desgano porque los salarios no alcanzaban y se tornaban ínfimos, ridículos, y porque los mecanismos de asistencia -y los salarios indirectos de todo tipo, como la educación, la salud, los subsidios a los alimentos, la libreta para comprar productos básicos- perdían constantemente calidad, se degradaban o desaparecían. El lujo ostentado de los inversionistas y turistas, el mercado especial para ellos, los irritantes privilegios de que disponían a la vista de todos -ir a los mejores hoteles y las mejores playas, donde no iban los cubanos, poder moverse libremente- crearon por su parte una sociedad de dos velocidades, o en dos capas. Una dolarizada y fuerte, promotora del capitalismo por su ejemplo de hedonismo y de consumismo y otra, desprovista y pagada en pesos por un Estado que perdía jirones de independencia y soberanía. En el medio, una burocracia cuyos sectores más fuertes están ligados a la primera capa mientras los más pobres sufren los problemas de la segunda, de la mayoría. Para colmo, quienes habían optado por construir la revolución y no por emigrar se encontraron con que los parientes de los contrarrevolucionarios o de los individualistas emigrados para prosperar contaban con dólares y apoyos mientras ellos debían contentarse con sus magros sueldos.


Desde los años 80 hasta hoy Cuba está dividida grosso modo, horizontal y generacionalmente, en dos grandes bloques: los que conocieron el período anterior a 1959 y las luchas revolucionarias inmediatamente posteriores y los que en cambio nacieron en la crisis económica aparentemente interminable y en ella se formaron, con el agravante del derrumbe del sostén soviético a la isla y del desgaste moral producido por la transformación de la isla en paraíso para el goce ajeno. Cuba es un país donde la juventud constituye la minoría de la población pues la expectativa de vida, como resultado de los progresos en la educación y en la sanidad, se eleva continuamente y la natalidad, como consecuencia de la crisis, se reduce. Pero la juventud es el futuro. Y ese futuro está hipotecado porque en las ciudades buena parte de la juventud, sobre todo en las familias más pobres, cree en una solución individual, incluso sueña con la expatriación, no persigue ninguna utopía. En el campo, donde hay menos contacto con el turismo y su influencia deletérea y con el consumismo, y son mucho menos visibles las desigualdades y loa privilegios, la juventud se diferencia de la ciudadana, pero Cuba es un país esencialmente urbano con enormes extensiones de tierra baldía. Es un país rural, pero sin campesinos ni suficiente producción de alimentos y otros productos rurales.


El mercado negro es como ácido que disuelve la economía cubana, porque los burócratas que desean hacer refacciones en su casa saben que el electricista, el plomero, el albañil trabajarán con herramientas y materiales robados al Estado, como robados al Estado son los falsos remedios afrodisíacos o los malos puros que se venden a los turistas por las calles o los alimentos vendidos en los "paladares".


Lo cierto es que la actual situación no puede seguir, ni puede subsistir una economía con dos monedas oficiales paralelas (el CUC y el peso) y otra, decisiva y omnipresente, el dólar. Cuba está en una encrucijada: o va hacia el capitalismo, como dependencia semicolonial de los Estados Unidos, o avanza audazmente y se renueva por el camino del socialismo.


Pero aclaremos: no se trata de una oposición entre mercado y construcción del socialismo, porque las concesiones al mercado son obligatorias y legítimas cuando hay que asegurar el abastecimiento y la sobrevivencia de la gran conquista de la revolución antiimperialista mundial que fue y es la revolución cubana. Además, mercados hubo en la historia antes del capitalismo y los habrá después de él en los regímenes de transición que podrían sucederse durante más de un siglo hasta el derrumbe mundial del capitalismo. El asunto es si el mercado libre dirige la sociedad o si ésta dirige y controla el mercado y da su lugar a las inversiones capitalistas extranjeras, portadoras de know how y de innovación.
La vía de la autogestión
Hagamos un poco de historia. La autogestión, en Aragón, durante la Revolución española, duró demasiado poco y por eso no pudo demostrar otra cosa que la posibilidad de extender al máximo la democracia de los productores-consumidores-ciudadanos. La autogestión yugoslava fue una autogestión a medias, por su origen y su desarrollo.


En efecto, por un lado, fue organizada desde el poder central por Edouard Kardelj después de un primer intento de imitar el modelo económico burocrático centralizado del estalinismo, que se interrumpió cuando Stalin expulsó del Cominform y quiso borrar del mapa a Tito y su partido, hasta entonces ejemplos de estalinismo, pero que buscaban crear una Federación Socialista balcánica escapando al control total que pretendía imponer Moscú a los gobiernos y partidos comunistas. Por otro, fue una autogestión deformada desde su origen mismo por la dependencia del partido (la Liga de los Comunistas Yugoslavos) y por el nacionalismo y el federalismo burocrático y a la vez localista de las distintas repúblicas que llevó al estallido de la Federación yugoslava.


Las empresas en la autogestión yugoslava podían elegir sus directores, pero teniendo en cuenta las sugerencias del partido y sólo con la venia de éste y podían decidir sus planes de producción y de inversión, su tecnología, los salarios, pero el Estado controlaba los insumos, y la producción y la comercialización estaban fijados por el mercado, con el control caro y redundante de las distintas repúblicas federales. El justo principio de la federación estaba deformado por la existencia de un partido único burocratizado por el nacionalismo puntilloso de cada república e igual cosa sucedía con el principio justo de la autogestión.


En cuanto a la autogestión en la Argelia independiente dirigida por Ahmed Ben Bella duró poquísimo y fue asfixiada por el control del aparato del Estado sobre las empresas agrícolas que intentaron desarrollarlo sin contar con apoyo técnico ni créditos. Las experiencias posteriores -en la fábrica de relojes Lipp, así como recientemente en Philips, en Drouet, Francia, o las fábricas recuperadas en la Argentina, Brasil, Uruguay, Venezuela- han sido o son, más que experiencias de autogestión, ejemplos de control obrero en empresas de propiedad capitalista o con propiedad en disputa. En efecto, excepto por la organización del trabajo y la fijación de los salarios, funcionan como antes porque obtienen sus insumos de todo tipo en el mercado capitalista, venden los mismos productos que vendía el antiguo patrón en el mismo mercado y dependen de la obtención de un status particular que les otorga el aparato estatal -expropiación por causa de utilidad pública, comodato, organización como cooperativas para no pagar impuestos o, como en el caso del proyecto de ley argentino en discusión, de una protección especial mediante créditos muy baratos y aportes técnicos-.


En Cuba, hoy, el gobierno se ve obligado por la crisis mundial a hacer continuas concesiones al mercado capitalista y encara ahora el desarrollo de la agricultura y de los productos para la alimentación sobre la base de una miríada de pequeños agricultores privados. Al mismo tiempo, trata de reparar con un retraso de cincuenta años el error cometido al haber estatizado junto con los ingenios y empresas imperialistas todo el pequeño comercio y decenas de miles de empresas artesanales. Y, ante la necesidad de dar trabajo al millón de trabajadores que califica de "excedentes", aparentemente, según sugieren los artículos nostálgicos de Juventud Rebelde sobre las fondas habaneras, está encarando la posibilidad de permitir y apoyar la creación de cafés, casas de comida, heladerías, zapaterías y otros trabajos privados por cuenta propia, controlándolos mediante impuestos.


De este modo el sector de las empresas estatales debería convivir y competir por los recursos en el mercado capitalista con un vastísimo sector de pequeños productores agrarios y otro igualmente enorme insertado en los intersticios del mercado. De hecho, ya existe un sector de la sociedad que no trabaja con la moneda nacional y está ligado al dólar y, puesto que la economía ya está desquiciada y los controles estatales no son ni efectivos ni eficaces, una nueva política económica más apegada a la realidad social no aumentaría mucho los peligros -grandes- que ya enfrenta Cuba y podría eliminar algunos.


A condición, sin embargo, de realizar economías de escala y de elevar la productividad mediante cooperativas de compra, de comercialización, de preparación técnica, de crédito con los cuentapropistas. Y sobre todo de poner en marcha la autogestión generalizada que permita que los productores-consumidores conozcan y reorganicen los recursos en el territorio, reduciendo la burocracia y elevando la responsabilidad colectiva y la moral de trabajo, así como el índice de participación y de democracia en el país.


La autogestión, lejos de ser un posible lujo de los países ricos, puede ser una formidable fuerza productiva multiplicadora ya que pone en marcha la creatividad y el sentimiento de responsabilidad de quienes sienten que deciden en su vida cotidiana y aportan a todos, con todos. En un mercado capitalista y en la escasez que acentúa los problemas sociales, crea además lazos solidarios y conciencia colectiva, indispensables para contrarrestar la tendencia al "primero yo" y al hedonismo que introduce el capitalismo y la corrupción de la burocracia. Ésta, por supuesto, se opondrá a la autogestión, que le quita protagonismo y privilegios y la controla. Precisamente por eso, si se quiere mejorar la producción y, al mismo tiempo, preservar la democracia, hay que darle espacio a la autogestión y espacio al "partido" que impulsa el socialismo frente al "partido" del conservadurismo.


Previsiblemente, la crisis mundial a -la que se agrega el criminal bloqueo estadounidense- aumentará aún más su peso sobre la isla, reduciendo el turismo e incluso las remesas de los cubanos emigrados. Las dificultades crecientes de la economía venezolana así como el agravamiento de los desastres climáticos son también factores que hay que tener en cuenta cuando se piensa en cómo sacar del actual pozo a la economía cubana y en cómo reducir las tensiones sociales y políticas en un país que está instalado en una crisis profunda desde hace más de veinte años (la vida de una entera generación) y que no ve en el horizonte ni cambios reales ni objetivos alentadores sino sólo una dura lucha por la supervivencia dirigida además por el mismo sistema y por los mismos cuadros que ayudaron a llegar a la actual dramática situación o que no supieron cómo evitarla.


Para salir de esta crisis, que se agrava con la crisis mundial pero se viene arrastrando dese hace decenios por causas específicamente cubanas, se necesita tensar todas las fuerzas de la población, recurrir a su capacidad creativa, su cultura, sus conocimientos, movilizarla como protagonista de todas las decisiones, como patrona de su propio destino, darle como objetivo la igualdad, la participación plena y creativa. En una palabra, dejar de tratar a los cubanos como súbditos y reconocerlos como ciudadanos plenos, movilizando su voluntad, su conciencia, su voluntad de socialismo, no detrás de huecas consignas desgastadas sino en pos de objetivos democráticos y autogestionarios para que por Estado no se entienda un aparato por sobre la sociedad y que pretende controlarla sino la gestión colectiva de los ciudadanos en primera persona.


La democracia no es un obstáculo en el trabajo de los especialistas, burócratas y tecnócratas: es una necesidad vital para aumentar la producción y la productividad y lograr nuevas invenciones colectivas. ¿Quién discutió previamente las actuales medidas para salir de la crisis que permiten vender propiedades en Cuba, por 99 años, a extranjeros, cuando los cubanos mismos no pueden comprarlas; que decide construir gran cantidad de campos de golf de 18 hoyos (para extranjeros), costosísimos en agua y en esfuerzos, que eliminan totalmente el magro subsidio por desocupación o la gratuidad de los entierros? ¿La Asamblea Nacional, que sólo se reúne siempre a posteriori para refrendar las decisiones del vértice partidario? ¿Un congreso o una conferencia del partido, siempre postergados pues ese partido único, en el que milita lo mejor y también lo peor del funcionariado cubano, está fusionado con el aparato estatal, no tiene objetivos diferentes de éste y a él está subordinado y, por supuesto, no controla en lo más mínimo a los dirigentes del Estado-partido? ¿Los llamados sindicatos, que en vez de ser la voz de los trabajadores frente al aparato estatal son simplemente una parte de la burocracia estatal, al extremo de ser incapaces de decir una palabra frente a la pérdida de grandes y viejas conquistas, de evaluar las políticas del Estado, de formular propuestas y contrapropuestas surgidas de asambleas democráticas en las empresas?
¿Por qué no se discuten las medidas gubernamentales en cada empresa, en cada barrio, en cada comunidad campesina? ¿Por qué no se escucha la voz y las sugerencias de quienes deberán sufrir las consecuencias de dichas medidas y, al mismo tiempo, deberán poner el hombro para sacar al buey del barranco?


Una crisis es una oportunidad de cambiar. En vez de recurrir fundamentalmente a un hipotético turismo o inversionismo de lujo, ¿por qué no discutir cuáles inversiones productivas son hoy necesarias y deben ser permitidas al capital privado, por ejemplo, en la producción agroalimentaria y la distribución de los alimentos en la isla?


En vez de centralizar una vez más, ¿por qué no descentralizar y dar poder de decisión y de organización a nivel territorial, horizontal, a los productores y poner a su disposición insumos y medios de transporte?

El combate a la burocracia no consiste sólo en reducir el número de funcionarios redundantes o improductivos y de reglamentaciones absurdas: consiste en cambio fundamentalmente en trasladar el poder de información y de discusión a los ciudadanos, que son usuarios-productores-consumidores atados por esa burocracia.


La democracia, la autogestión, la planificación desde el territorio y desde los lugares de producción, la libertad de opinar, disentir, expresarse, informarse, son indispensables si se quiere sacar a la población de una desmoralizante y creadora de apatía resignación ante las decisiones que llueven desde el vértice del Estado tal como llegan los huracanes.

Repetimos: la vía china o vietnamita son irrepetibles en Cuba no sólo por razones demográficas, históricas, culturales sino también porque esa es una salida que sólo se podría encarar abriendo completamente el país al capital y la intervención de los Estados Unidos y eliminando lo que queda de la revolución para que acabe el bloqueo y lleguen inversiones masivas.

Cuba nunca fue socialista, aunque sí luchó por aportar a la construcción del socialismo en la isla y en el mundo. Pero su revolución democrática, antiimperialista, de liberación nacional, fue importantísima para la isla y para todo el continente y, aunque está estancada desde hace rato porque no puede profundizar su curso y, por el contrario, retrocede, sigue siendo la garantía de la independencia nacional y es la base del consenso político que aún mantiene el gobierno, sobre todo entre las generaciones más viejas, que conocieron el pasado y no quieren retornar a él, como lo expresa claramente Silvio Rodríguez. Es suicida enterrar los restos de revolución para atraer inversionistas. Por el contrario, hay que reanimarla con un gran cambio, sobre la base de la descentralización y la planificación hacia arriba de necesidades y recursos desde el territorio, sobre la base de la democracia de la población organizada en comités de empresa y consejos locales, de la autogestión social generalizada, de la libre organización, la eliminación de la autocracia y la burocracia y de la extensión al máximo del poder de los productores.

* Guillermo Almeyra, marxista argentino que vivió durante muchos años en México. Doctor en Ciencias Políticas y Master en Historia, recibido en la Universidad de París VIII, enseñó Política Contemporánea en la Universidad Nacional Autónoma de México y en el Posgrado Integrado en Desarrollo Rural de la Universidad Autónoma Metropolitana de México, donde se especializó en movimientos sociales y en las consecuencias de la mundialización. Es editorialista y comentarista internacional del diario La Jornada.

Notas

[i] Mercedes Petit, "Ajuste a la cubana", 11/09/2010, Unidad Internacional de los Trabajadores.
[ii] Estatización, contra lo que muchos creen, no es sinónimo de socialismo -el México de Cárdenas, la Argentina peronista, por no hablar de la Italia de Mussolini, tenían un alto grado de estatización- como no lo es tampoco el monopolio estatal del comercio exterior. Son, sin embargo, a medio y largo plazo incompatibles con el capitalismo. Pero el problema reside en quién controla el aparato del Estado que aparece como "propietario" colectivo de lo estatalizado. Si no lo controlan con sus organismos los trabajadores, lo hará una burocracia que usufructuará el poder de ese Estado capitalista sin capitalistas y que funcionará como semillero de la reorganización de la clase capitalista a partir de los advenedizos en el poder estatal o mediante la mezcla entre éstos y algunos de los viejos dueños del capital. El Estado es una relación de fuerzas social y, en segunda instancia, un aparato que la concretiza, no es un sujeto social.
[iii] Que fue concedido sólo dos años después del triunfo de la revolución en enero de 1959.
[iv] A pesar de que Fidel Castro proclamó un buen día que Cuba era socialista, había conciencia en los revolucionarios de que, en realidad, el país emprendía el largo y tortuoso camino de la construcción del socialismo y de que éste no es posible en un solo país, y menos aún en uno poco poblado y con escasos recursos, situado además a 150 kilómetros de la primera potencia capitalista mundial.
[v] Que representan el 20 por ciento de la Población Económicamente Activa, pero a las cuales se sumarían otras 500 mil más, con lo cual se llegaría al 40 por ciento de la misma.
[vi] En La Revolución Traicionada, traducción de Andreu Nin, edición de Juan Pablos editor, México (2000). El libro fue publicado en ruso sólo en 1991.